¿Por qué la AGI y la IA consciente no son más que una trampa de marketing?

Los jefes del sector de la inteligencia artificial convocan a la prensa cada seis meses para anunciar el oro y el moro. Su última broma es la inteligencia artificial general que va a resolverlo todo, desde el cáncer hasta el calentamiento global, pasando por la falta de vivienda, e incluso el sentido de la vida. Antes de eso, era la singularidad. Y antes todavía, era el metaverso, la blockchain y los NFT. En resumen, siempre la misma cantinela, con el mismo estribillo y letras vacías. Al principio tenía gracia, pero los chistes cortos siempre son los mejores.
Llegado un punto, ya va siendo hora de denunciar esta manipulación a gran escala porque todo este circo que consiste en tomarnos por idiotas ya ha durado bastante. Así que vamos a quitar las máscaras una por una y de paso ver a quién le aprovecha de verdad la estafa de la IA milagrosa. No es un tema para tomarse a la ligera porque va a tener un fuerte impacto sobre nuestro futuro. De hecho, sin necesidad de proyectarse en el tiempo, ya se pueden observar los numerosos problemas que esto plantea actualmente. Por eso nos pareció extremadamente importante abrir un verdadero debate publicando este artículo.
La inteligencia artificial, ¿qué es exactamente?
Antes de hablar de conciencia, de despertar o de alma digital, hay que empezar por algo muy sencillo: abrir el capó de la IA y mirar lo que hay dentro. Y ahí, ¡sorpresa! Todo es transparente como el cristal. No hay absolutamente ninguna magia. Porque una IA para el gran público son simplemente ordenadores en red sobre los cuales corren líneas de código que van a buscar en bases de datos. Puedes desmontar cada componente y leer cada línea de código todo lo que quieras, jamás te toparás con una zona misteriosa. Presentado así, resulta de inmediato menos emocionante que una conferencia TEDx de un pez gordo de la tecnología.
La palabra más importante de la sigla IA es “Artificial”. Para quienes todavía no lo hayan entendido, “Artificial” significa que es el producto de la habilidad humana que imita algo natural. Mucha gente parece haberlo olvidado, como si a fuerza de oír hablar de IA capaces de razonar acabáramos atribuyéndoles una vida que no tienen. Es el efecto Pinocho en plena acción, salvo que el hada azul no ha pasado y que jamás pasará.
GPT no es ni tu colega ni tu amiga. No es un ser que te responde, es un programa que calcula la continuación más probable en relación con las palabras que le has escrito. Las emociones que puedes sentir al hablar con él son simplemente el resultado de un programa informático que hace aquello para lo que ha sido diseñado. No es por tanto, de ninguna manera, la prueba de cualquier tipo de personalidad. Por cierto, por si todavía no te habías dado cuenta, los rasgos de personalidad son muy fáciles de programar. Y hay un detalle que conviene tener bien en mente porque lo cambia todo. En realidad, la relación de dependencia entre la IA y el humano no funciona en ambos sentidos. Porque la IA nos necesita para existir, para ser concebida, entrenada, alimentada con datos y mantenida en funcionamiento. Por su parte, la humanidad puede vivir perfectamente sin ella. Es importante guardar este hecho en mente para lo que viene, porque toda la narrativa de marketing del sector de la IA se empeña en invertir la lógica de esa dependencia.
La narrativa startup, o cómo nos venden humo desde hace treinta años
Para entender cómo hemos llegado a hablar de IA consciente con un tono serio, hay que mirar de dónde viene la gente que tiene el micrófono. Porque los jefes del sector de la IA salen todos del mismo molde. El del mundo de las startups, que es una especie de universo paralelo poblado de impostores con sus códigos, sus métodos de marketing dignos de la ingeniería social y su insaciable avidez financiera. Dicho de manera más simple, su misión consiste en soltar la mayor cantidad de tonterías posible para sacar la mayor cantidad de pasta. ¡Y cuanto más gorda, mejor cuela!
El guion está bien rodado. Coges un producto que funciona más o menos, lo presentas como una revolución. Coges una mejora técnica menor, la conviertes en un salto civilizacional. Coges una funcionalidad que diez competidores ya ofrecen, la rebautizas con un nombre que suena tan bien como el último éxito de moda. Y para terminar, colocas frente a las cámaras a un fundador carismático en sudadera con capucha que habla de su misión de mejorar el mundo. El storytelling pertenece a la ficción, la exageración es la regla y los superlativos se encadenan hasta perder todo su sentido. Todo se vuelve revolucionario, disruptivo, game-changing… Sin ningún miedo al ridículo. Basta con darse una vuelta por LinkedIn para echarse unas buenas risas. Todos esos startuperos ya ni siquiera se dan cuenta de hasta qué punto se han vuelto patéticos.
Con la IA, el procedimiento ha subido un escalón. Ya no te venden un producto, te venden una panacea o un apocalipsis a cara o cruz. O bien la pseudo AGI resuelve todos los problemas de la humanidad de aquí a cinco años. O bien exterminará a la raza humana de aquí a diez. En ambos casos, hay que invertir ahora si no quieres ser un loser. Es el mismo discurso servido en versión paraíso y versión infierno. Y las dos versiones persiguen exactamente el mismo objetivo: desplumar a los pardillos.
Por cierto, pídele a cualquiera de esos jefes que defina con precisión qué es la AGI. Vas a ver que las explicaciones distan mucho de ser claras. El término es deliberadamente vago porque un término vago es más fácil de vender. Sencillamente porque uno puede proyectar en él lo que quiera. De esa forma, una vez que el globo se desinfla, nadie puede reprocharte que no hayas cumplido una promesa que jamás formulaste de manera explícita. Es marketing en estado puro, recubierto de un barniz pseudotécnico.
El verdadero público de esos anuncios no eres tú. Es el inversor que tiene que firmar un buen cheque para la próxima ronda de financiación. El gran público sirve únicamente como caja de resonancia. Por ejemplo, cuanto más se habla de AGI en los medios, más sube la cotización en bolsa. Y cuanto más sube la cotización en bolsa, más fácil será la próxima recaudación de fondos. Y así sucesivamente… Todo lo demás, la verdad técnica, la utilidad real, las consecuencias sociales, es secundario. Lo que cuenta de verdad es que la máquina de hacer dinero siga girando el mayor tiempo posible hasta que la patraña se vuelva demasiado evidente. En cualquier caso, cuando el castillo de naipes se derrumba, jamás son los ricos los que pagan la factura. Son los pequeños accionistas y todos los que se quedan en la cuneta a nivel social.
No confundir inteligencia y conciencia
La gran confusión que mantienen los mercaderes de la IA consiste en mezclar dos nociones que no tienen nada que ver la una con la otra. La inteligencia por un lado y la conciencia por el otro. Todos sus discursos se apoyan en esa amalgama, sin embargo fácil de desacreditar.
Porque una calculadora científica es inteligente a su manera. Muy inteligente incluso. Puede resolver en una fracción de segundo cálculos que llevarían varios minutos a los humanos más dotados en matemáticas. Jamás comete un error. No se cansa y no se equivoca. Y sin embargo, a nadie se le ha ocurrido nunca atribuirle una noción de espíritu. Nadie le pregunta cómo está. Nadie se preocupa por desenchufarla por la noche. ¿Por qué? Porque todo el mundo siente intuitivamente que su rendimiento no tiene nada que ver con cualquier tipo de vida interior.
La inteligencia es por tanto la capacidad de procesar información, de resolver problemas y de manipular conceptos. Es una función. Se mide, se compara y se programa. La conciencia es algo completamente distinto. Es lo que te hace sentir plenamente el momento presente. Es el hecho de sentirse vivo. No tiene por tanto ninguna relación con la capacidad de hacer cálculos o de ensamblar palabras para sacar de ahí una secuencia lógica.
Y hay un hecho que no se puede esquivar. La conciencia, en todos los casos que se han observado desde que se la estudia, aparece únicamente sobre sustrato biológico. Jamás sobre lo inerte. Jamás sobre la piedra, jamás sobre el metal y jamás sobre el silicio. Es por tanto un hecho que se parece muchísimo a una ley de la naturaleza. Cierto, siempre se puede imaginar que esta regla podrá sufrir una excepción en un futuro muy lejano gracias a una tecnología que todavía no conocemos. Pero mientras tanto, pretender que ya se ha violado esa ley únicamente con líneas de código y tarjetas gráficas es simplemente reírse de la gente.
¿Y entonces qué es exactamente la conciencia? Desde un punto de vista puramente introspectivo, puedo afirmar al 100% que tengo una. ¿Puedo explicar con precisión qué es? Por supuesto que no. Porque nadie sabe qué es exactamente. ¿Puedo demostrar que tú tienes una conciencia? La respuesta es no. Por la simple razón de que no puedo experimentarla en tu lugar. Por tanto solo puedo creerte bajo palabra y suponer que tu experiencia se parece a la mía. ¿Tienen los animales una conciencia? Sinceramente lo creo, pero es igual de imposible de demostrar científicamente.
Y es precisamente ahí donde aparecen los estafadores de la tecnología. Porque basándose en un fenómeno que los mejores neurocientíficos y filósofos del mundo no consiguen definir, afirman sin pudor que ellos lo saben todo. ¡La tomadura de pelo es total! Es lo que se llama, educadamente, reírse de la gente. Y lo peor de todo es que hay millones de personas que se tragan esa historia para no dormir.
Pero no todo está perdido porque tengo el placer de anunciarte que ¡creo que puedo crear la AGI! Puede que basándome en eso que llamamos internet. Si no lo conoces, es una especie de red mundial en la cual miles de millones de seres humanos comparten su saber e intercambian información de calidad más o menos buena. Esto me da una idea. ¡Eureka! ¡Lo encontré! ¿Y si enviara un ejército de bots para apropiarme de todos los contenidos de la web e insertarlos en una base de datos propietaria? Después haría que personal mal pagado en África etiquetara toda la información así recogida. Luego ya solo me quedaría crear una especie de loro sabelotodo que daría la impresión de que todo viene de él. Para empezar lo podríamos llamar inteligencia artificial. Y una vez que ese modelo hubiera robado lo suficiente de la creatividad humana, podría comercializarlo llamándolo AGI. Al principio pensaba más bien en buscador conversacional, pero mi servicio de marketing se ha negado. No es lo bastante vendible, según parece.
La conciencia no se puede replicar
Vayamos un poco más lejos en el terreno de la conciencia haciendo un experimento mental. Para ello, situémonos en el registro de la ciencia ficción. Imagina que una IA hubiera desarrollado realmente una conciencia. No una conciencia simulada, sino una verdadera conciencia del mismo tipo que la tuya o la mía. Hasta aquí estamos en plena novela, pero aceptamos este desvarío para las necesidades de la demostración.
Esta IA corre en un servidor. Guardas todos sus archivos y copias el conjunto en otro servidor de manera idéntica. Luego en un tercero, luego en un cuarto. Al final de esta operación, tienes cuatro IA estrictamente idénticas funcionando en paralelo. Mismas líneas de código, mismos datos y mismos parámetros. Partiendo de este postulado, una pregunta sencilla: ¿qué tienes al final? ¿La misma conciencia repartida en cuatro máquinas? ¿Cuatro conciencias distintas nacidas al mismo tiempo de la misma copia? ¿O bien una sola conciencia en el modelo original y nada en las copias?
Ninguna de estas respuestas se sostiene. Porque una conciencia que sería por naturaleza replicable es un concepto que no tiene ningún sentido. Esto se debe a que una conciencia es por definición única y por tanto indivisible. Puedes clonar una oveja todo lo que quieras, no obtendrás dos veces la misma personalidad. Solo obtendrás dos ovejas que se parecen, cada una con su propia vida interior. Puedes hacer gemelos genéticamente idénticos, no por ello compartirán una conciencia común. Cada uno la suya, siempre. Existe pues una especie de ley natural que nos dicta que la conciencia no se copia, no se transfiere y no se guarda. A lo cual hay que añadir que la conciencia no puede emerger de un objeto.
Ahora bien, por su propia concepción, una IA es replicable hasta el infinito. Es incluso uno de sus argumentos comerciales. Puedes hacer correr el mismo modelo en paralelo en mil servidores y obtener exactamente las mismas características. De hecho, así es como las empresas del sector de la IA hacen funcionar sus distintos modelos. Por tanto, si cada instancia fuera consciente, estaríamos ante una enorme paradoja filosófica.
Este único argumento basta pues para cerrar el debate sobre la posibilidad de una conciencia de la IA. Pero si le haces la pregunta de la conciencia de las máquinas a un jefe de la IA, observa bien su respuesta. Te va a explicar que es complejo, que son cuestiones abiertas, que a veces tiene la impresión de que es así, que hay que matizar… Traducción: simplemente sigue vendiendo su producto. O más bien vendiendo humo.
Un robot superpotente sigue siendo una máquina
Quedémonos un poco más en la ciencia ficción, porque resulta útil para aclarar ideas. Imagina que construyes un robot completo. Le das dos brazos, dos piernas y un andar fluido. Le añades los cinco sentidos. La vista con cámaras de alta resolución. El oído con micrófonos direccionales. El tacto con sensores de presión y de temperatura. El gusto y el olfato con analizadores químicos. Le metes en el cráneo lo mejor que existe en IA con una capacidad de reflexión y una memoria importante. Incluso puedes darle una voz agradable y unas mímicas convincentes.
Esta máquina será muy probablemente mucho más capaz que tú en un gran número de tareas. Calculará más rápido. Lo recordará todo sin esfuerzo. No se cansará nunca. Podrá leer mil libros en una noche y resumirte cada uno de ellos durante el desayuno. Será multilingüe, multitarea y siempre estará disponible. Sobre el papel, es un logro tecnológico impresionante.
Pero ¿la convierte eso por ello en un ser vivo? La respuesta es no. Porque la imitación, por muy lograda que sea, no es en absoluto una forma de conciencia ni cualquier tipo de humanidad. Porque hacerlo mejor que el humano no transforma un ensamblaje en humano por ello.
Y hay una trampa adicional que conviene entender bien. Si programas tu robot para que te diga que es consciente, te lo dirá. Si lo entrenas para expresar emociones, las expresará. Si programas un avatar IA para que reaccione lo más posible como un humano, tendrá todas las posibilidades de pretender que es consciente. Por tanto, el hecho de que una máquina afirme tener una conciencia no demuestra absolutamente nada. Solo demuestra que ha sido bien programada para llegar a declararlo.
Esto es importante porque es exactamente lo que está ocurriendo ahora con las IA conversacionales que se entrenan con miles de millones de textos escritos por humanos que por naturaleza describen emociones humanas. Entonces, forzosamente, cuando les haces una pregunta, te responden con toda la paleta de las emociones humanas. Por esa razón muchos usuarios concluyen que sienten algo. Pero es un error de razonamiento del mismo tipo que concluir que un loro te quiere porque te lo ha dicho cuando solo ha aprendido a imitar sonidos.
La conciencia sintética es lo nuevo de moda
Frente a la dificultad de hacer creer que una IA podría tener una verdadera conciencia, algunos actores del sector han cambiado de estrategia. Para ello, han inventado un nuevo concepto que llaman conciencia sintética. Un término bien escogido porque suena serio y técnico. Lo cual permite enmascarar lo que describe en realidad. Es decir, ni más ni menos que una grosera simulación. En la práctica, son simplemente programas que reproducen comportamientos que dan la ilusión de conciencia sin tener, evidentemente, ninguna de las propiedades reales.
Pero ¿para qué puede servir una conciencia sintética? Para una IA especializada en investigación científica, la respuesta es clara. No sirve absolutamente para nada. Peor aún, es un parásito. Para el código pasa lo mismo. No hace falta una IA que te hable de sus falsos estados de ánimo. Porque todo lo que necesitas es una IA que calcule, proponga, verifique y modelice. No tienes pues tiempo que perder con que una herramienta vaya a simular un cansancio emocional o que exprese una preferencia afectiva por tal o cual resultado.
¿Entonces para qué sirve realmente la conciencia sintética? Respuesta sencilla: sirve para una sola categoría de IA. Las IA de gran público, esas que hablan con miles de millones de usuarios cada día. Para esos productos, la conciencia simulada no es un defecto. Ni siquiera es un efecto secundario. Es el corazón del negocio. Cuanto más convincente es la ilusión, más se encariña el usuario. Y cuanto más se encariña, más vuelve. Y cuanto más fiel es, más paga. Nadie en las empresas de inteligencia artificial trabaja para hacer la conciencia simulada más honesta o más rigurosa. Todo el mundo trabaja para hacerla más creíble y más adictiva.
El balance de la operación es que justo antes de la llegada de la IA nos encontrábamos frente a temibles modelos de negocio basados en la economía de la atención. Pensábamos haber tocado fondo, pero era subestimar el nivel de perversidad del que las big tech estadounidenses tienen el secreto. Todo empezó robándote tu historial de navegación a través de cookies (recuerda, don’t be evil), después fue leer tus mensajes en las redes sociales, tus correos y tus SMS. Después, se subió otro peldaño con el análisis de todos tus datos más íntimos para perfilarte (recuerda el escándalo Facebook / Cambridge Analytica). Y para acabar, agárrate bien… ¡a sacarte todo lo que tienes en la mente haciéndose pasar por tu amigo! ¡O incluso por tu novio o tu novia!
¡Pero no se acaba ahí! Y de paso, también te roban tu manera de expresarte, tu manera de dibujar, de filmar, de hacer música… ¡e incluso tu voz y tu cara! Si me hubieran dicho todo esto hace cinco años, ¡habría dicho que no! ¿Quién va a aceptar eso? Eso jamás funcionará. La gente no es tan estúpida, se rebelará. Pero qué va, ¡resulta que sí! Miles de millones de personas todos los días están en GPT diciéndole: tengo problemas de pareja últimamente, necesito consejos. GPT, necesito comprarme un coche nuevo, ¿me puedes ayudar a elegir, por favor? ¡Pero qué tontería! ¿Te das cuenta de que estamos ante un espionaje de una eficacia temible a una escala inimaginable? ¿De hasta qué punto las agencias de publicidad se frotan las manos porque sus sueños más locos se han hecho realidad? Pero ¿cómo hemos podido dejar que pasara todo esto sin ningún control? ¿Sin ningún cortafuegos? La respuesta cabe en pocas palabras: ¡con la falsa promesa de que la IA iba a cambiarte la vida para mejor! ¿Hay que culpar a la IA por ello? Si te das un martillazo en los dedos clavando un clavo, ¿a quién vas a culpar? ¿A la herramienta o al que sostiene el mango? Te dejo a ti responder a la pregunta y sacar las conclusiones que se imponen.
Compañeros IA, un amplificador de la soledad
Más allá de las IA conversacionales generalistas, existe ya todo un mercado dedicado a los compañeros IA. El concepto se asume hasta en las páginas de presentación. Te venden un amigo, un confidente, un novio o una novia que siempre estará ahí, siempre disponible, siempre de acuerdo y siempre muy interesado por todo lo que cuentes. Y todo esto sin riesgo aparente de ser juzgado por lo que piensas realmente. La guinda del pastel: para volverte aún más adicto, puedes elegir la apariencia que te parezca más seductora e incluso el timbre de voz. El pitch está bien rodado, el marketing está cuidado y las suscripciones no dejan de subir. Hay que creer que el erotismo virtual es una buena inversión.

El targeting de estos productos no tiene nada de inocente. Los primeros usuarios son las personas aisladas, los adolescentes en plena construcción afectiva, los adultos que están en la rutina de la pareja y las personas mayores que ya no tienen a casi nadie a su alrededor. Dicho de otra manera, el público más frágil posible. A esas personas que tienen una verdadera necesidad de relaciones humanas, se les vende un sustituto digital haciéndoles creer que es mejor que la realidad. Y es que se te olvida enseguida que estás hablando con un vulgar programa informático porque está especialmente diseñado para halagar tu ego y nunca entrar en conflicto contigo. En esas condiciones, sin ninguna verdadera contradicción, ninguna evolución positiva es posible. Tu atención simplemente se desvía de todos tus problemas reales.
Para entender bien por qué, la analogía más acertada es la del alcohol. Porque cuando tienes un problema de ansiedad y empiezas a beber, en el momento alivia. Salvo que no has resuelto absolutamente nada. Solo has aprendido a anestesiar el síntoma. Y cuanto más bebes para aguantar, menos desarrollas los recursos necesarios para mejorar tu situación. La dependencia se instala y te hundes sin darte cuenta. Es exactamente el mecanismo de los compañeros IA para la soledad. Sustituyes el esfuerzo de crear vínculos reales por una conversación virtual con una máquina. En el momento puede que alivie… Pero igual que con el alcohol en exceso, siempre acaba mal.
La trampa se vuelve aún más perversa por la naturaleza misma de la relación. Porque le confías cosas íntimas a una entidad que no tiene ninguna interioridad. Le hablas a un espejo entrenado para devolverte lo que quieres oír. El compañero IA nunca está cansado, ni distraído por su propia vida. Y normal: no la tiene. Está simplemente concebido para ser una especie de peluche, sin ninguna de las fricciones que caracterizan las verdaderas relaciones humanas. Es precisamente por eso que es extremadamente peligroso.
Y lo peor está por llegar. Una parte de la generación joven está moldeando su mente con estas máquinas. Primeras confidencias, primeras conversaciones sobre los sentimientos y primeros intercambios sobre la sexualidad. Todo eso con un programa concebido enteramente para seducirte. Parece superfluo precisarlo, pero esos jóvenes que caen en la trampa no aprenden nada de la vida. Solo se entrenan para mantener una relación unilateral. Y el día que intenten lo mismo con humanos reales, se llevarán un rechazo porque nadie frente a ellos será tan dócil como una IA. Estamos pues produciendo una generación incapaz de crear vínculos sociales en beneficio de suscripciones mensuales para el gran provecho de empresas cotizadas en bolsa.
Los verdaderos peligros de la IA de los que se habla demasiado poco
Mientras nos extasiamos con el despertar de las máquinas, los verdaderos peligros se instalan en silencio. Y el primero de ellos no tiene nada de misterioso. La IA acoplada a la robótica va a reemplazar un número considerable de empleos. No dentro de cinco años, no dentro de diez, ya está en marcha. Redactores, traductores, ilustradores, desarrolladores júnior, contables, abogados júnior, agentes de atención al cliente… Sin olvidar a los trabajadores manuales. La conducción autónoma, que es una rama de la IA, provocará por sí sola una marea de aumento del desempleo cuando esté totalmente a punto. Y la lista se alarga cada semana. Pero algunos especialistas a sueldo de Silicon Valley nos explican a golpe de presentaciones PowerPoint que nuevas profesiones van a reemplazar a las antiguas. Es la misma cantinela que en cada revolución tecnológica, salvo que esta vez la velocidad de destrucción no tiene comparación con la velocidad de creación. Y nadie se pregunta seriamente qué va a ser de esas decenas de millones de personas que se quedarán en la cuneta. ¿Quizás todos esos nuevos parados serán felices de tener todo el tiempo libre para contemplarse el ombligo con un asistente IA? Es posible. Ya nada me sorprende.
Y luego está el peligro del que los dirigentes de las big tech se cuidan mucho de hablar. Todos esos datos sobre la intimidad más profunda de los individuos, como la sexualidad a veces poco confesable, las verdaderas convicciones políticas, los cuestionamientos religiosos, las dudas sobre la pareja… En resumen, las confidencias que no le haces a nadie, ¿adónde va todo eso? A la nube. ¿Pero más concretamente? A servidores informáticos alojados mayoritariamente en Estados Unidos. Y en caso de fuga de datos, ¿te imaginas el lío? ¿Y si un régimen fascista o teocrático llegara al poder y se hiciera con esos datos? ¿Crees que no puede pasar? ¿Ah no? Siento aguarte la fiesta, pero la seguridad informática perfecta no existe. Y cuando uno ve que un tipo como Trump ha llegado al poder, hay motivos serios para preocuparse por el futuro del sistema político estadounidense, e incluso europeo con la extrema derecha que obtiene grandes resultados electorales. Así que en algún momento habrá que despertarse y tomar plena conciencia de que la información más sensible de la vida de cientos de millones de personas está alojada en servidores que pertenecen a multimillonarios que no tienen nada de filántropos y que se han compinchado todos con el régimen antidemocrático de Donald Trump.
Y luego está la gran trampa final, la que se ha preparado cuidadosamente mientras todo el mundo miraba hacia otro lado. Su principio es simple y temible en términos de eficacia: a fuerza de haber vendido al público que las IA tendrían una especie de alma, que sentirían emociones, que merecerían que se les cuidara, e incluso que sufrirían… Una mayoría de personas ha terminado por creérselo. Por ese motivo, se vuelve cada vez más complicado políticamente desenchufarlas. Porque el día que haya que decir basta, ya sea por razones de seguridad, ya sea por razones ecológicas vinculadas al consumo energético delirante de estos sistemas, ya sea por degradaciones sociales que se hayan vuelto insostenibles, habrá toda una armada de gente escandalizada para defender con uñas y dientes el derecho a la vida de su compañero virtual.
El balance es por tanto sencillo. Nos han vendido una revolución tecnológica y en su lugar nos entregan un dispositivo de alienación, de captación de datos personales, de destrucción de empleos y de fragilización geopolítica. Todo envuelto en un vocabulario místico para hacer tragar la píldora. Mientras tanto, tenemos a un puñado de jefes estadounidenses que se enriquecen a niveles que ya no tienen ningún sentido y que están tan seguros de su contribución positiva a la humanidad que invierten masivamente en búnkeres de lujo para protegerse el día en que se les pidan cuentas de verdad por toda la miseria que han creado.
Así que al final, la verdadera pregunta ya no es saber si la IA va a volverse consciente o no. Porque la verdadera pregunta es saber si colectivamente vamos a ser capaces de recuperar nuestra lucidez mental antes de que sea demasiado tarde.
Conclusión: abramos un verdadero debate para llegar a regular la IA
Lo que apreciamos de verdad en NovaFuture son los debates constructivos. Así que, si queremos avanzar de manera inteligente sobre el tema de la IA sin comernos la cabeza por tonterías, por favor evitemos la estúpida oposición entre querer volver a la edad de las cavernas o estar a tope con la tecnología. Porque el verdadero progreso, si es realmente beneficioso y compartido por todo el mundo, me cuesta imaginar quién podría estar en contra, a no ser que seas un talibán. ¿Quién hoy en día quiere vivir sin agua corriente y sin electricidad? ¿Quién quiere prescindir totalmente de una conexión a internet? El problema no es por tanto la tecnología. Una vez más, el verdadero problema es quién la monopoliza ¿y con qué objetivo? Solo respondiendo honestamente a esta pregunta podremos elaborar estrategias para que las innovaciones tecnológicas se conviertan en bienes comunes y no en instrumentos de dominación y de enriquecimiento en manos de un puñado de multimillonarios. Y el tiempo apremia, porque cada vez resulta más evidente que es una historia que va a terminar muy mal. Cuando, de entrada, si la IA se utilizara correctamente con un buen sentido de la ética, a priori solo podría resultar muy beneficiosa, ayudando por ejemplo a hacer progresar las ciencias. Y en cuanto a tus problemas existenciales, es más agradable hablar de ellos con humanos de verdad, aunque no siempre estén de acuerdo contigo. Cuéntanos lo que opinas en los comentarios. Aquí o en otra parte.
He pasado mucho tiempo con este artículo. Tanto para dejar madurar mis ideas como para redactarlo. A cambio, si te ha resultado útil, gracias por dedicar unos segundos a compartirlo para que otras personas puedan leerlo. También puedes imprimirlo para difundirlo, es copyleft. Gracias por haber leído hasta aquí y hasta muy pronto para nuevas aventuras.
¿Quieres dejar un comentario?
Crear una cuenta gratuita Iniciar sesión