Memoria del 1 de mayo, de los anarquistas ahorcados en Chicago hasta los esclavos modernos

Cada nuevo 1 de mayo, los acontecimientos pasados ligados a esta fecha caen poco a poco en el olvido. Hay que decir que todos los medios de comunicación a las órdenes de los multimillonarios se guardan muy mucho de explicar el origen y el sentido de esta conmemoración. Llegan incluso a llamar fiesta del trabajo a esta jornada internacional de lucha por los derechos de las trabajadoras y trabajadores. Como si dejarse explotar por el capitalismo tuviera que convertirse en motivo de alegría. ¿Lo pillas? ¡Yupi! Es la fiesta, apenas me llega para pagar mis facturas y mi empleo es precario. ¡Es sencillamente grotesco!
Así que en una época en la que el capitalismo se transforma en tecno-fascismo, nos ha parecido muy útil recordar lo que representa exactamente el 1 de mayo. Y sobre todo devolverlo al marco del que nunca debería haber salido. Es decir, el de una lucha anarquista por la mejora de las condiciones de vida que se saldó con la masacre de numerosos manifestantes. En este artículo vamos por tanto a volver al origen de esta tragedia. Pero también, y sobre todo, vamos a intentar comprender lo que puede enseñarnos en el contexto actual.
Chicago 1886, la masacre de Haymarket Square es el origen del 1 de mayo
Para comprender lo que representa realmente el 1 de mayo, hay que volver a Chicago en la primavera de 1886. En aquella época, los obreros estadounidenses trabajaban entre diez y dieciséis horas al día en condiciones infernales. Frente a este ritmo descabellado, el movimiento sindical reivindicaba desde hacía tiempo jornadas de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para uno mismo. Finalmente, una convención sindical celebrada en 1884 fijó como fecha tope el 1 de mayo de 1886. Si los patronos no cedían, sería la huelga general.
Chicago era entonces uno de los grandes focos del movimiento obrero estadounidense. Sin duda porque la ciudad contaba con una comunidad anarquista organizada compuesta en gran parte por inmigrantes alemanes. Y varios conflictos sociales se estaban cociendo allí desde hacía meses. Especialmente en la fábrica McCormick Harvesting Machine, donde la dirección había cerrado las puertas a los obreros sindicados desde febrero y los había hecho reemplazar por esquiroles. En este clima tenso, los patronos y sus milicianos privados se enfrentaban ya abiertamente a los trabajadores conforme se acercaba el 1 de mayo.
Cuando llegó el día, cientos de miles de obreros pararon en todo el país. Chicago concentraba ella sola cerca de cuarenta mil huelguistas y la ciudad se encontraba completamente paralizada. Pero el 3 de mayo, una concentración de apoyo a los obreros de McCormick acabó en tragedia. La policía abrió fuego sobre los huelguistas que arremetían contra los esquiroles frente a la fábrica. Varios obreros murieron y muchos otros resultaron heridos. La represión fue por tanto brutal y diseñada para romper el movimiento.
El 4 de mayo por la noche, se celebraba una concentración de protesta en Haymarket Square para denunciar esta masacre. La manifestación era pacífica. Tomaron la palabra varios oradores anarquistas, entre ellos August Spies y Albert Parsons, dos figuras del movimiento obrero de Chicago. Durante la manifestación caía la lluvia. Y en el momento en que la multitud se dispersaba, la policía cargó para desalojar a los últimos participantes. Fue entonces cuando una bomba explotó en medio de las filas policiales. Siete policías y al menos cuatro obreros perdieron la vida. Nadie supo nunca quién había lanzado esa bomba.
Esta zona de sombra no es ningún detalle, porque hay un nombre que aparece con insistencia entre los historiadores del movimiento obrero estadounidense. El de la Pinkerton National Detective Agency, una agencia privada que vendía sus servicios al mejor postor y servía de brazo armado a los patronos para combatir a los sindicatos. Sus agentes estaban profundamente implicados en los conflictos sociales de Chicago. De hecho, ya habían atacado a los obreros de McCormick en 1885. Uno de ellos llegaría incluso a testificar más tarde contra los anarquistas durante su juicio. Pero estaba lejos de resultar convincente.
La lógica de los Pinkerton era cínica y estaba bien engrasada. Se trataba de provocar disturbios para justificar su propia existencia. Numerosos historiadores consideran hoy que la bomba pudo perfectamente haber sido lanzada por un provocador a sueldo de los patronos o de la policía. Nadie sabrá jamás la verdad. Y es precisamente lo que les viene bien a todos los que están del lado del poder.
Lo que siguió fue un proceso político puro y duro. Ocho anarquistas fueron detenidos sin pruebas serias de su implicación directa en el atentado. Al final, el tribunal los condenó por sus ideas más que por sus actos. Cuatro de ellos fueron ahorcados el 11 de noviembre de 1887. Tras este hecho trágico, August Spies, Albert Parsons, Adolph Fischer y George Engel se convirtieron en los mártires de Haymarket. Un quinto, Louis Lingg, se suicidó en prisión la víspera de su ejecución. Los tres últimos fueron indultados en 1893 por el gobernador de Illinois, John Peter Altgeld, que denunció públicamente un juicio amañado y la falta total de fiabilidad de los testimonios.
En 1889, la II Internacional reunida en París decidió hacer del 1 de mayo la jornada internacional de los trabajadores en homenaje explícito a los ahorcados de Chicago. Ahí tienes el origen real del 1 de mayo. Una huelga por la jornada de ocho horas, una masacre policial, una bomba colocada probablemente por un provocador, un juicio político y cuatro anarquistas ahorcados para dar ejemplo. Estamos por tanto muy lejos de la alegre fiesta del trabajo que el capitalismo intenta vendernos.
¿Cómo el Labor Day borró la memoria obrera en Estados Unidos?
Todo eso debería haber quedado grabado en la memoria colectiva estadounidense. Pero apenas unos años después de los ahorcamientos de Chicago, el gobierno federal estadounidense comprendió que había que desviar a toda costa a los trabajadores de esa fecha del 1 de mayo, porque se había vuelto demasiado subversiva para sus intereses. Y la operación de recuperación se llevó a cabo con una eficacia implacable.
En 1894, en plena huelga Pullman que paralizaba los ferrocarriles del país, el presidente demócrata Grover Cleveland sacó adelante de urgencia una ley que instauraba el Labor Day. Esta nueva fiesta federal fue cuidadosamente situada el primer lunes de septiembre. Dicho de otro modo, lo más lejos posible del 1 de mayo. Oficialmente se trataba de honrar a los trabajadores estadounidenses. Extraoficialmente se trataba sobre todo de hacerles olvidar Haymarket y de cortar al movimiento obrero estadounidense de sus raíces internacionalistas y anarquistas.
La operación funcionó a la perfección. Porque hoy en día, la aplastante mayoría de los estadounidenses celebra su fiesta del trabajo en septiembre alrededor de una barbacoa y de rebajas comerciales, sin tener la menor idea de que el 1 de mayo tiene su origen en su propio suelo. Paralelamente a eso, los mártires de Chicago han sido cuidadosamente borrados de los manuales escolares estadounidenses y la palabra “anarquista” sigue siendo a día de hoy un insulto en el vocabulario político mainstream del país.
Ahí tienes el truco de magia. Mientras el mundo entero conmemora cada 1 de mayo a unos obreros estadounidenses ahorcados por haber reclamado una reducción del tiempo de trabajo, los propios Estados Unidos han enterrado esta historia bajo una fiesta de sustitución. Es sencillamente una de las operaciones de borrado de la memoria más eficaces de la historia moderna del capitalismo.
Los Bullshit jobs y las actividades que tienen sentido son dos mundos opuestos
Antes de ir más lejos, hay que hacer una distinción fundamental que brilla por su ausencia en la mayoría de los debates sobre el trabajo. No todo trabajo es equivalente y no todo trabajo tiene el mismo valor humano. Por un lado están las actividades que tienen un sentido real. Las que alimentan, las que cuidan, las que construyen, las que transmiten, las que reparan y las que crean. Y por el otro lado está lo que el antropólogo David Graeber bautizó en 2018 como los “bullshit jobs”, todos esos empleos inútiles, hasta tal punto que quienes los ejercen los reconocen como perfectamente absurdos.
Cuando un trabajo tiene sentido, permite vivir dignamente y se ejerce en condiciones humanas, entonces se convierte efectivamente en una parte esencial de la realización personal. De hecho, nadie ha sostenido jamás que el ideal sería quedarse toda la vida sin hacer nada.
Pero cuando un trabajo no sirve para nada, está mal pagado y se ejerce bajo la presión permanente de un management tóxico, entonces bascula pura y simplemente del lado de la tortura. Sobre todo cuando se añaden a estas condiciones la precariedad absoluta del empleo, con contratos cortos, expedientes de regulación de empleo en cadena y por tanto la amenaza permanente de ser despedido de la noche a la mañana sin el menor recurso. Es precisamente lo que viven hoy miles de millones de trabajadores por todo el planeta.
Porque están pagados para destruir el medio ambiente, para fabricar gadgets tan inútiles como contaminantes, para producir en serie chatarra calibrada para estropearse, para mentir a sus clientes, para apalear a manifestantes o para empujar a la gente hacia la salida. Todo eso sabiendo exactamente lo que hacen, pero sin poder sustraerse a ello porque la alternativa es sencillamente acabar en la calle. Llegados a este punto, el contrato de trabajo se convierte en un verdadero contrato de sumisión moral.
Y para que todo eso pase, el sistema lleva mucho tiempo manejando una verdadera propaganda de glorificación del trabajo. Por ejemplo, soltándonos en todos los tonos que “el futuro pertenece a los que madrugan”, dicho de otro modo, a los forzados que se levantan al alba para ir a dejarse explotar. También nos explican que un hombre o una mujer “que trabaja” es forzosamente alguien de bien, dando a entender que quien no trabaja de manera oficial es forzosamente un parásito. Salvo que habría que recordar también que toda la riqueza financiera del mundo se encuentra del lado de los propietarios de los medios de producción. Y esos, justamente, se quedan durmiendo a pierna suelta mientras los demás se arruinan la moral y la salud cumpliendo tareas ingratas. Por tanto, los únicos que se aprovechan del sistema son los accionistas y los rentistas, que no producen estrictamente nada y que se ceban a costa de quienes sí producen algo realmente.
El humorista francés Pierre Desproges resumía bastante bien todo esto con su fórmula legendaria: “¿El trabajo es bueno para la salud? ¡Pues dadle el mío a un enfermo!”. Detrás del humor hay una verdad que toda la propaganda empresarial del mundo no podrá enmascarar nunca. El trabajo, tal y como está organizado actualmente, sigue siendo ante todo una herramienta de dominación y de extracción de valor que opera en detrimento de aquellas y aquellos que no poseen suficiente capital para pesar en la balanza.
Esta distinción entre trabajo-sentido y trabajo-tortura es central, porque permite salir del falso debate que opone a los “valientes que trabajan” con los “vagos que se niegan a trabajar”. Porque la verdadera pregunta nunca ha sido si hay que trabajar o no, sino qué trabajo merece ser realizado, en qué condiciones y al servicio de quién.
El wage slavery moderno, esos millones de esclavos que se ignoran
Este análisis del trabajo como herramienta de dominación no tiene nada de nuevo. Los pensadores anarquistas y socialistas del siglo XIX ya lo habían comprendido y formulado perfectamente. Friedrich Engels escribía ya en 1845 en La situación de la clase obrera en Inglaterra que el trabajador moderno parece libre únicamente porque ya no es vendido de una vez por todas como el esclavo de la antigüedad, sino porque se vende él mismo a trozos, por jornadas, por semanas o por años. El resultado sigue siendo exactamente el mismo. Es siempre una minoría de ricos explotadores la que se apropia de la riqueza producida por la inmensa mayoría de los que trabajan.
Esta servidumbre moderna tiene un nombre en la literatura anglófona. Se llama “wage slavery”, literalmente la esclavitud asalariada. Y el término no tiene nada de exageración militante. Porque cuando un ser humano está obligado a vender diariamente su fuerza de trabajo a un patrón para poder simplemente comer y tener un techo bajo pena de acabar en la calle, se puede hablar literalmente de esclavitud. La única diferencia con la esclavitud de la antigüedad es que el amo ha cambiado de cara. Ya no es una persona concreta la que posee al trabajador, sino el conjunto de la clase de propietarios de los medios de producción la que se lo reparte.
El drama es que este sistema de explotación está hoy hasta tal punto interiorizado por las poblaciones que ni siquiera se dan cuenta hasta qué punto es intolerable. Por eso, el mundo actual está mayoritariamente compuesto por esclavos que se ignoran porque han sido condicionados desde la infancia a considerar esta situación como normal e insuperable. En este esquema, las clases medias occidentales son los esclavos mejor situados del sistema, porque es a ellas a las que se les han concedido más migajas de riqueza con el objetivo de que acepten su suerte y de que defiendan el orden establecido.
Y es precisamente a estas clases medias a las que el sistema les vende mejor su gran relato mentiroso. Porque el trabajo se les presenta como una actividad gratificante, como un verdadero proyecto de desarrollo personal y de progreso social. Por supuesto, los trabajadores se deslomarán toda su vida, pero supuestamente lo harán para que sus hijos no tengan que hacerlo gracias a sus sacrificios. Salvo que en cada generación, la misma promesa se les sirve a las siguientes. Y en cada generación, los hijos se encuentran a su vez atrapados en la misma mecánica de explotación, a veces incluso en condiciones todavía más precarias que las de sus padres. La promesa de ascenso social es por tanto el opio que se distribuye a los esclavos dorados del sistema para que sigan haciendo girar la rueda como hámsters en una jaula.
En el resto del planeta, en cambio, ya ni siquiera se molestan en endulzar la realidad. En los talleres de Bangladés, en las minas del Congo, en los campos del África Occidental, en las fábricas chinas o en las explotaciones agrícolas latinoamericanas, la condición real de los trabajadores apenas se diferencia de la de los esclavos de antaño. Trabajo forzado por un salario miserable, condiciones de vida inhumanas y ausencia total de derechos.
Y hay que entender bien de quién estamos hablando aquí. No de unos cuantos individuos marginales, sino de la mayoría aplastante de la humanidad. Lo que representa varios miles de millones de seres humanos que pueblan continentes enteros, como África, casi toda Asia y gran parte de América Latina. Para que quede claro, la mayor parte de la población mundial vive en condiciones materiales que incluso un pobre occidental tendría dificultades para imaginarse. Porque hay que recordarlo, un trabajador precario en occidente sigue siendo un privilegiado a escala del planeta. Sencillamente porque el salario mensual de un obrero occidental equivale a varios meses de ingresos para miles de millones de seres humanos que producen, sin embargo, la mayoría de los productos que consumen los occidentales.
Estos miles de millones de personas ni siquiera tienen la libertad de circulación que se arrogan las clases medias occidentales. Cuando un occidental se va al extranjero, se le llama amablemente “expatriado”. Mientras que un africano o un asiático que intenta hacer lo mismo será calificado de “migrante”. Es decir, un don nadie al que se aparcará en campamentos con condiciones de vida deplorables o al que se dejará ahogarse en el mar sin que eso conmueva a mucha gente.
Además de eso, en sus países de origen, estas poblaciones viven con servicios públicos deliberadamente mantenidos en ruinas. Escuelas hechas un desastre, hospitales abandonados y protección social inexistente. Y todo este edificio de miseria organizada se mantiene en pie con la complicidad de regímenes políticos corruptos y violentos que las potencias occidentales sostienen a brazo partido mientras sirvan a sus intereses. El planeta entero sabe perfectamente cómo funciona todo esto. Porque si puedes comprarte una camiseta de dos euros o un aparato electrónico barato, te haces perfectamente a la idea de que es gracias a un conjunto de mecanismos que se basan totalmente en la esclavitud moderna a gran escala.
Y lo peor de esta historia es que hay un enorme cambio respecto a la esclavitud tal como se practicaba en la antigüedad. Porque ahora se pone a los esclavos a competir los unos contra los otros. Por ejemplo, si los obreros indios reclaman mejores condiciones de trabajo en la confección textil, las grandes marcas occidentales ya ni se molestan en pelearse contra esa demanda. Simplemente responden “¡muy bien, deslocalizamos a Vietnam!”. Y cuando los vietnamitas reclamen a su vez mejores condiciones, irán a Bangladés, luego a Etiopía, luego a otra parte… Es una mecánica de una perversidad absoluta, perfectamente maquiavélica y totalmente cínica, que pone a cada esclavo moderno en la posición permanente de tener miedo a perder su esclavitud. Miedo a quedarse sin nada de nada, ni vivienda, ni comida, ni la menor perspectiva.
Lo peor en esta mecánica es sin duda el formateo mental que la acompaña. Porque a estos esclavos a los que se llama trabajadores u obreros se les ha condicionado desde la infancia para no poder razonar más allá del prisma capitalista. Para ellos, sencillamente ya no existe ninguna alternativa imaginable. Así que o bien aceptas tu esclavitud asalariada en las condiciones impuestas por el mercado, o bien es la calle, la vergüenza social y la decadencia. Cuando, evidentemente, otras vías son perfectamente posibles. Como por ejemplo las cooperativas, los bienes comunes, la autogestión, las economías de proximidad, el apoyo mutuo y los modelos libres y descentralizados. Todo eso existe y ya funciona. Pero el sistema lo hace absolutamente todo para que estas alternativas permanezcan invisibles, marginadas y, sobre todo, ridiculizadas. Porque sabe perfectamente que el día en que una masa crítica de trabajadores se dé cuenta de que existen otras formas de vivir y de producir, todo su edificio de dominación se derrumbará como un castillo de naipes.
George Orwell escribía en sus ensayos de posguerra que la deriva del mundo moderno no iba hacia la anarquía como a algunos les gusta hacer creer, sino al contrario hacia la reimposición pura y simple de la esclavitud a gran escala. Ochenta años más tarde, hay que reconocer que dio en el clavo. El tecno-fascismo que se está instalando ante nuestros ojos, con sus plataformas algorítmicas que vigilan cada gesto de los repartidores y de los chóferes, no es otra cosa que la versión 2.0 de esta servidumbre. Después de todo eso, ¿todavía hay quien se atreva a decir que vamos hacia el progreso social?
La visión orwelliana del trabajo, profética y de plena vigencia
Una cita atribuida a George Orwell circula masivamente por las redes sociales desde hace varios años: “Si tu salario solo te alcanza para comer y dormir, no es un trabajo. Antes a eso se le llamaba esclavitud.” La fórmula es imparable y resume a la perfección el wage slavery moderno. Pequeño detalle: Orwell nunca escribió esas palabras. Esta cita es por tanto apócrifa. Pero al final, qué más da, porque esta frase es profundamente orwelliana en su espíritu. Y el escritor británico sí que escribió cosas todavía más mordaces sobre la condición de los trabajadores.
En su libro Sin blanca en París y Londres, publicado en 1933, Orwell cuenta desde dentro su propia experiencia como friegaplatos en las cocinas de los grandes hoteles parisinos. Describe esta condición sin ningún rodeo. Por ejemplo, escribió que el friegaplatos no es más que un esclavo. Un esclavo desperdiciado que se pasa la existencia realizando un trabajo estúpido y en buena medida inútil. También denuncia en este libro toda la mecánica de los subproletariados urbanos que la sociedad moderna mantiene cuidadosamente para hacer funcionar sus máquinas de placer y de consumo. Noventa años más tarde, basta con sustituir al friegaplatos de hotel por el repartidor de Uber Eats o el preparador de pedidos de Amazon, y la estructura de dominación sigue siendo exactamente la misma.
Pero es sin duda en Rebelión en la granja donde Orwell encontró su fórmula más poderosa sobre la cuestión del trabajo. En el discurso fundador del Viejo Mayor que abre el libro, el viejo cerdo explica a los animales de la granja la naturaleza exacta de su explotación: “Deshagámonos del Hombre, y nuestro será el producto de nuestro trabajo”. La fórmula es diáfana. Mientras exista una clase de propietarios que se apropie del fruto del trabajo de los demás, la explotación continúa sin tregua. La liberación solo puede venir, por tanto, de la abolición de esta relación de propiedad y no de unos cuantos retoques marginales del sistema.
Orwell nunca fue marxista en el sentido ortodoxo del término. Y combatió incluso el estalinismo con una lucidez feroz en sus libros. Pero llevaba dentro esa convicción profundamente anarquista de que toda jerarquía de propiedad produce mecánicamente dominación, y de que esta dominación se ejerce primero y ante todo en la relación con el trabajo. Es lo que hace que su visión del trabajo siga siendo tan tajante y tan actual hoy como lo era en los años 1930 y 1940.
Ningún derecho social ha caído del cielo, todos han sido impuestos por las luchas
Antes de concluir este artículo, hay que pararse un momento a saludar a aquellas y aquellos que lucharon antes que nosotros. Porque todo lo que consideramos hoy como adquirido, como la jornada de ocho horas, el descanso semanal, las vacaciones pagadas, el derecho sindical, el derecho de huelga, la prohibición del trabajo infantil y muchos otros avances sociales… nada de todo eso ha caído del cielo. Ningún patrón, ningún gobierno, ningún partido político ha ofrecido jamás de manera espontánea el menor derecho a los trabajadores. Todo se ha conquistado a base de lucha y muy a menudo al precio de la sangre.
Los ahorcados de Haymarket son los más conocidos, pero están lejos de ser los únicos. En todo el mundo, miles de obreros y obreras han muerto bajo las balas de los patronos y de los gobiernos para que otros, después de ellos, pudieran vivir un poco más dignamente. Hubo huelguistas fusilados en las minas, manifestantes arrollados por la caballería, sindicalistas asesinados por matones, militantes torturados en comisarías… La lista es desgraciadamente muy larga y atraviesa todos los siglos.
Hoy en occidente, estos derechos adquiridos están siendo metódicamente desmantelados ante nuestros ojos por el neoliberalismo y el tecno-fascismo. Pero a pesar de todos estos ataques, todavía quedan sindicatos, convenios colectivos y redes de protección social que amortiguan un mínimo la caída en caso de pérdida del empleo.
El combate del 1 de mayo siempre ha sido un combate mundial, por esencia y por necesidad. Porque los obreros de Bangladés, los mineros del Congo, los campesinos expropiados de América Latina, los repartidores uberizados de las grandes metrópolis… todos estos trabajadores son nuestras hermanas y nuestros hermanos de clase. Su causa es la nuestra y la nuestra es la suya. Porque sin solidaridad internacional, no puede haber victoria duradera en ninguna parte.
Y ya que hablamos de modelos sociales, como europeo, quiero dirigir aquí un mensaje directo a los estadounidenses que intentan exportar su individualismo desenfrenado al planeta entero. Sencillamente no queremos vuestro supuesto super buen modelo de gordos egoístas. Aquí en Europa estamos muy apegados a una sociedad que ofrece una protección social digna de ese nombre, donde la escolaridad es totalmente gratuita, donde la jubilación está garantizada para todos y donde no se deja a la gente reventar en la calle con la excusa de que no tiene los medios para pagarse un seguro de salud. Al final, a escala mundial, si existe un modelo social que adoptar y perfeccionar en todas partes, es el modelo social europeo y no la apisonadora ultraliberal estadounidense, que solo beneficia a un puñado de multimillonarios mientras decenas de millones de sus propios conciudadanos duermen en tiendas de campaña en las aceras. Porque sí, aquí nadie se chupa el dedo respecto a lo que pasa realmente en Estados Unidos. Francamente, no es ningún modelo de ensueño.
Conclusión: ¡Feliz cumpleaños NovaFuture!
¿Casualidad o no? El caso es que el 1 de mayo de 2025 fue el nacimiento de NovaFuture. Acabamos por tanto de celebrar nuestro primer aniversario 🙂 El balance que sacamos de este periodo de puesta en marcha del proyecto es ante todo muy positivo. Cada vez sois más los que nos seguís y hacemos regularmente buenos encuentros que desembocan en colaboraciones que nos refuerzan mutuamente. Poco a poco se está creando una sinergia, y es precisamente lo que buscábamos desde el principio.
Otro punto muy importante: NovaFuture existía bajo otras formas durante muchos años antes de su creación. Y nos damos cuenta de que hasta ahora prácticamente no hemos hablado de nuestras acciones pasadas en la vida real, ni de nuestros grandes proyectos por venir. Vamos por tanto a mejorar en este punto. Lo que será la ocasión de demostrar que nuestro espíritu 100% open source está muy lejos de limitarse a internet y al software libre. Así que sigue conectado al sitio porque lo mejor está aún por llegar 😉
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