¡Antifascista y orgulloso de serlo! Argumentos concretos para contrarrestar la propaganda.

¿Ser antifascista es ser terrorista?! Este delirio total está avalado por gobiernos en todos los continentes, machacado por medios de comunicación serviles y repetido en bucle por tertulianos que no son más que vulgares lacayos del sistema.
En cambio, los que aprueban leyes liberticidas serían demócratas. Los que financian el ascenso del odio a golpe de miles de millones serían filántropos. Los que instrumentalizan la miseria para enfrentar a los pueblos entre sí serían patriotas. ¡Joder! ¡Estamos metidos de lleno en 1984! ¡Y cuanto más gorda es la mentira, mejor cuela!
Este artículo sin concesiones está dedicado a todas y todos los que piensan muy fuerte lo que nosotros vamos a decir bien alto. Como el hecho de que el antifascismo no es un “bando” político. Porque sencillamente es la posición por defecto de todo ser humano dotado de un cerebro funcional y un mínimo de memoria. Así que prepárate para este amplio repaso que va a arrancar las máscaras del fascismo. ¡Y al final vamos a ver quiénes son los verdaderos terroristas en este mundo patas arriba! Antes de empezar, quiero dejar claro que, a diferencia de los fascistas cuyo deporte favorito es manipular los hechos y la historia, nosotros solo necesitamos la verdad para restregarles por la cara sus propias deyecciones mentales.
¿Qué es el antifascismo? ¡Pequeño recordatorio para los desmemoriados!
El antifascismo no nació en una facultad de sociología. ¡Nació en la sangre! En la urgencia absoluta de sobrevivir frente a regímenes que trituraban pueblos enteros.

Los primeros antifascistas fueron obreros italianos apaleados por los camisas negras de Mussolini en los años 20. Brigadistas internacionales que fueron a morir a España contra Franco. Desde las revoluciones contra el poder monárquico, resistentes, partisanos, guerrilleros en todos los continentes prefirieron morir de pie antes que vivir de rodillas. Muchos otros escogieron la tortura antes que renegar de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad.
A esa gente siempre se la llama héroes. Los nombres de algunos de ellos están incluso grabados en monumentos. En ciertos países hasta hay días festivos en su honor. Así que resulta muy complicado calificarles de terroristas porque es prácticamente imposible borrar la historia. Entonces, la manipulación consiste en hacer pasar a la nueva generación de antifas por unos inútiles en comparación con sus mayores. Según los fascistas, los antifas modernos no serían más que vándalos sin ideología. ¡Solo que nada más lejos de la realidad!
Así que los que piensan que el antifascismo se ha convertido en un combate de otra época, que abran los ojos cinco minutos. Porque vivimos una época difícil con multimillonarios en el poder que pisotean las libertades fundamentales. Con medios a sus órdenes convertidos en máquinas de propaganda. Con chivos expiatorios señalados para el linchamiento popular. Con las minorías más vulnerables designadas como blancos a abatir. O sea que, comparado con los viejos tiempos, el contexto es rigurosamente idéntico. Por eso el antifascismo moderno tiene toda su razón de ser como contrapoder frente a los opresores de todo pelaje.
¿Qué es el fascismo? Etimología e historia de una ideología asesina
El término fascismo se usa muchas veces a diestro y siniestro. Tanto es así que al final se acaba olvidando lo que realmente significa. Así que aquí va un pequeño recordatorio histórico para saber exactamente de qué estamos hablando: La palabra fascismo viene del italiano “fascio”, que significa haz. A su vez deriva del latín “fasces”. En la Roma antigua, los fasces de los lictores eran un manojo de varas de madera atadas alrededor de un hacha. Representaban el símbolo del poder absoluto de los magistrados romanos. El poder de castigar y el poder de matar. Separadas, las varas se rompen. Pero atadas juntas se vuelven irrompibles. Toda la filosofía fascista cabe en esta imagen. La unión por la fuerza. La sumisión o la destrucción.
Fue en 1919, en Milán, cuando un exsocialista expulsado de su propio partido fundó los Fasci italiani di combattimento, los fascios italianos de combate. Aquel tipo medio chiflado se llamaba Benito Mussolini. Un egocéntrico megalómano obsesionado con la grandeza fantaseada del Imperio romano. Un oportunista que cambió de chaqueta ideológica tantas veces como cambió de amantes. Él mismo decía permitirse ser “aristócrata y demócrata, conservador y progresista, reaccionario y revolucionario” según las circunstancias. En pocas palabras, no tenía ninguna convicción real. Solo una sed de poder absoluta.
Su método era la violencia física y verbal como herramienta política. Sus camisas negras apaleaban a los obreros, quemaban las casas del pueblo y asesinaban a los opositores. En 1922 fue la marcha sobre Roma. El rey capituló y Mussolini accedió al poder. Y en pocos años destruyó metódicamente toda oposición tomando el control de la prensa, prohibiendo los sindicatos y aplastando los derechos fundamentales. Quedó establecido el manual del totalitarismo a gran escala. Lo que permitió que otros se inspiraran en él con aún más ferocidad.
La palabra fascismo no iba a seguir siendo italiana por mucho tiempo. Muy pronto desbordó ampliamente las fronteras para convertirse en la denominación genérica de todas las formas de autoritarismo y nacionalismo. Hitler, Franco, Salazar y tantos otros copiaron, adaptaron y a menudo amplificaron el modelo de Mussolini. Con las consecuencias que todo el mundo conoce. Decenas de millones de muertos. Cientos de millones de atrocidades. La mayor carnicería de la historia humana. Y lo más aterrador de todo es que la receta para privar a pueblos enteros de libertad no ha cambiado ni un ápice.
La galería de los monstruos: Del fundador a los herederos modernos del fascismo
Mussolini abrió el camino y lo que vino después fue sencillamente una locura en materia de autoritarismo. Porque la historia del fascismo es una larga lista de carniceros trajeados que aplicaron todos la misma receta con variantes locales.
Hitler en Alemania llevó el horror hasta la industrialización del exterminio. Financiado por los mayores industriales alemanes, e incluso estadounidenses, transformó el fascismo en máquina de exterminio. Seis millones de judíos murieron en campos de concentración. Así como millones de gitanos, homosexuales, discapacitados y opositores políticos de todo tipo. Por su parte, Franco en España instauró una dictadura que duró casi 40 años aplastando a su propio pueblo en una guerra civil de una violencia inaudita. Salazar en Portugal encerró a su país bajo una losa de plomo durante más de 40 años. Pétain en Francia entregó familias enteras a los nazis con el celo del alumno ejemplar.
¡Y que nadie venga a contar que el fascismo es monopolio de la derecha! Stalin, Mao, Pol Pot demostraron que el fascismo rojo podía ser igual de devastador. De los gulags a los campos de reeducación, del Holodomor a los Jemeres Rojos, la izquierda totalitaria se lució de sobra en materia de horror masivo. En total, la lista es interminable y no se salva ningún continente.
Pero todo eso es el pasado, ¿verdad? Sí, efectivamente está en todos los libros de historia. Así que a estas alturas tendríamos que haber aprendido la lección sobre el populismo. ¡Pues va a ser que no! Putin aplasta Ucrania y envenena a sus opositores en nombre de la gran Rusia eterna. Trump convierte la primera potencia mundial en un circo autoritario con un multimillonario haciendo saludos nazis a modo de maestro de ceremonias. Y en todo el mundo partidos de extrema derecha están a las puertas del poder o ya bien asentados.
¿Cuáles son las diferentes formas de fascismo?
Mucha gente se imagina el fascismo como algo monolítico con uniformes y desfiles militares. ¡Pero la realidad es mucho más perversa! El fascismo es un auténtico camaleón. Se adapta, muta, se disfraza… Pero bajo sus diferentes máscaras siempre encontramos el mismo perfil psicológico y los mismos mecanismos de dominación.
El fascismo político: La nostalgia de una edad de oro que nunca existió
El caldo de cultivo del fascismo político siempre es el mismo. Toma una población que sufre un declive social real. Añade una buena dosis de nostalgia por una grandeza pasada totalmente inventada. Mezcla bien y deja cocer a fuego lento.
“Make America Great Again”! ¿Grande cuándo exactamente? ¿Cuando a los negros les estaba prohibido beber en la misma fuente que los blancos? ¿Cuando los críos de 12 años curraban en las minas? ¿Y la “Gran Rusia eterna” de Putin? ¿De qué imperio genial estamos hablando exactamente? ¿Del de los zares que dejaban morir de hambre a los mujiks o del de Stalin que los mandaba al gulag?
¡Siempre el mismo truco de magia! Se inventa un pasado glorioso que nunca existió para justificar un proyecto político autoritario en el presente. ¡Y funciona! Porque la gente que sufre necesita desesperadamente creer que un regreso al pasado va a arreglarlo todo.
El fascismo religioso: La gloria futura como licencia para oprimir y matar
Con la religión el mecanismo es el mismo pero invertido. El fascismo político vende un pasado fantaseado, mientras que el fascismo religioso vende un futuro fantaseado. El paraíso, el califato mundial, la tierra prometida, el reino de Dios en la tierra, el regreso del mesías… Todo promesas inverificables que permiten justificar las peores barbaridades en nombre de uno o varios dioses cuya existencia está más que por demostrar. ¡Y mucha suerte con eso! Por cierto, seguimos esperando las pruebas…
Mientras tanto, la lista de variantes de este inmenso fraude sigue creciendo: El integrismo cristiano evangelista que corroe la política estadounidense y brasileña. El islamismo radical que convierte países enteros en zonas sin ley. El sionismo que justifica un apartheid en nombre de textos de hace 3000 años. El nacionalismo hindú que lincha a musulmanes en nombre de la vaca sagrada. E incluso el budismo, supuesta religión de la paz, que ampara un genocidio en Birmania. ¡Con todo esto, lo llevamos claro!
Al final, ninguna religión se salva. ¡Absolutamente ninguna! En cuanto una creencia se mete en política y pretende imponer su visión del mundo a quienes no la comparten, es simple y llanamente fascismo puro y duro. Punto final.
El fascismo de Estado: El elefante en la habitación
Y ahora el tema que incomoda a mucha gente: TODOS los gobiernos, sin excepción, llevan dentro el germen del fascismo. Es una cuestión de grado, no de naturaleza. A ver: ¿Qué Estado no tiene las manos manchadas de sangre? ¿Cuál no ha aplastado nunca una revuelta legítima? ¿Aporreado a manifestantes pacíficos? ¿Encarcelado a opositores? ¿Mentido a su propio pueblo?… Te dejo reflexionar sobre estas preguntas.
Por cierto, es precisamente por eso que siempre ha existido esa cordial aversión entre anarquistas y comunistas. Porque los anarquistas entendieron desde el principio que todo poder centralizado, incluso en nombre del pueblo, acaba volviéndose contra él. Y la historia nos ha dado la razón cada vez. ¡Cada puñetera vez! Lo que me da pie para recordar a Louise Michel y su célebre declaración: El poder es maldito, por eso soy anarquista.
Fascismo y capitalismo: ¡El matrimonio perfecto!
Hay algo que los fascistas de todos los colores intentan ocultar desde siempre. Una verdad tan enorme que salta a la vista. Y sin embargo casi nadie habla de ello en los medios convencionales. Se trata de que el fascismo ha sido SIEMPRE el brazo armado del capital. Siempre. ¡Sin excepción!
¿Mussolini? Llevado al poder por los industriales italianos y los grandes terratenientes que estaban muertos de miedo ante los sindicatos obreros. ¿Hitler? Ya lo hemos visto, financiado por el gran capital. ¿Franco? Respaldado por los latifundistas y la oligarquía española. ¿Pinochet? Instalado por un golpe de Estado orquestado con la bendición de Washington para proteger los intereses de las multinacionales estadounidenses.
Cada vez, el mismo esquema. Los ultrarricos ven sus privilegios amenazados por los movimientos populares. Entonces financian a un hombre fuerte para aplastar al pueblo en nombre del pueblo. Y los ultrarricos siguen engordando tranquilamente detrás del telón.
¿Y hoy? ¡El telón ya ni siquiera existe! Elon Musk, el hombre más rico del mundo, hace saludos nazis en público y juega a consejero del príncipe en la Casa Blanca. Peter Thiel financia abiertamente a la derecha más radical de Estados Unidos. Mientras que en Europa los multimillonarios compran imperios mediáticos enteros para convertirlos en máquinas de propaganda al servicio de sus intereses. ¡Y cuela sin problemas! ¡Y después de todo esto se supone que tenemos que cerrar la boca si no queremos que nos tachen de terroristas!
El mecanismo está más claro que el agua. El capitalismo desenfrenado produce el declive masivo. El declive produce rabia. Y la rabia es un combustible formidable. Basta con canalizarla hacia blancos fáciles de estigmatizar: Los inmigrantes, las minorías sexuales, los izquierdistas, los que viven de ayudas, los ecologistas… En fin, cualquiera MENOS los verdaderos responsables. Cualquiera menos los que se forran en la cima de la pirámide mientras todos los demás se pelean por las migajas abajo.
Y si después de todo esto sigues creyendo que Trump, o cualquier líder populista, le importa un carajo tu jeta, tu sueldo o tu futuro… entonces es que el engaño funciona exactamente como estaba previsto.
¿Cómo se alimenta el fascismo del populismo político y religioso?
El fascismo nunca cae del cielo. No se impone por arte de magia. Necesita un caldo de cultivo y ese caldo es el populismo. Ya sea político o religioso, el mecanismo es rigurosamente idéntico. Y siempre funciona en dos niveles.
En lo alto de la pirámide siempre encontramos gente muy inteligente. Estrategas, comunicadores, manipuladores de primera que ni siquiera se creen la mitad de lo que cuentan. Esa gente sabe exactamente lo que hace. Conocen los hilos, dominan los códigos, saben qué botones pulsar para desatar el miedo, el odio o la esperanza ficticia. Para ellos, la política o la religión no son más que herramientas. Palancas para acceder al poder y mantenerse en él. Le hablan al pueblo pero desprecian al pueblo. Denuncian a las élites pero SON la élite. Y se ríen a gusto por la noche contando sus billetes.
Abajo están los seguidores. Gente cuyo sufrimiento es a menudo muy real. El declive social, el desempleo, la precariedad, la sensación de ser ignorados por un sistema que los ha abandonado. Todo eso es cierto. El problema es que se equivocan de rabia. Les han señalado culpables fáciles de identificar y de odiar. El inmigrante que te roba el curro. El izquierdista que vive de tus impuestos. El LGBT con el pelo verde. El musulmán que amenaza tu cultura. El ecologista que quiere impedirte circular en tu coche contaminante. Todo eso son espantajos muy convenientes mientras los verdaderos responsables de su miseria siguen forrándose con total impunidad.
Del lado religioso es exactamente la misma estafa. Arriba, predicadores, imanes, rabinos, gurús de todo tipo que viven como pachás gracias a la credulidad de su rebaño. Abajo, fieles sinceros, a menudo desesperados, a quienes les prometen el paraíso a cambio de su sumisión total. Y entre ambos, ¡nada! Ni debate. Ni cuestionamiento. Ni pensamiento crítico. Solo obediencia ciega.
Ser antifa y que te metan en el gran circo político, ¡eso sí que no!
“Extrema izquierda“. Ahí tienes la etiqueta estúpida que te plantan en la frente en cuanto abres la boca. ¿Estás contra el fascismo? ¡Extrema izquierda! ¿Estás contra los multimillonarios que compran elecciones? ¡Extrema izquierda! ¿Estás a favor de la justicia social? ¡Extrema izquierda! ¿Estás a favor de la libertad de expresión? ¡Extrema izquierda! Vamos, que si no estás de acuerdo con el programa de los oligarcas que monopolizan el poder automáticamente eres “extremo” algo.
¡Menuda estafa! “Extrema izquierda”, ¡joder, eso no tiene ningún sentido! Es una invención pura y dura para criminalizar cualquier forma de disidencia. Una herramienta de clasificación muy práctica para meter a los molestos en un cajón y desacreditar lo que dicen sin ni siquiera tener que responder a sus argumentos. Estás etiquetado, luego estás descalificado. ¡Circulen, aquí no hay nada que ver!
¡Nosotros nos negamos a jugar a ese juego! Nos negamos a sentarnos en las gradas de ese gran circo político donde la izquierda y la derecha montan el espectáculo mientras los mismos de siempre mueven los hilos entre bambalinas. Porque esa es exactamente la trampa. Hacerte creer que puedes elegir entre dos bandos cuando los dos trabajan para el mismo jefe.
Y mientras nos despedazamos entre “izquierda” y “derecha”, entre “moderados” y “extremistas”, la verdadera batalla pasa totalmente desapercibida. La de los de arriba contra los de abajo. La de los que lo tienen todo contra los que no tienen nada. Pero eso, evidentemente, ¡mejor no mencionarlo! No está en el programa.
Así que, para que quede perfectamente claro: No somos ni de izquierda, ni de derecha, ni de centro, ni de extremo lo que sea. Simplemente estamos del lado de los que se niegan a dejarse engañar. Y si eso molesta, ¡mejor! Señal de que funciona.
El experimento de las ratas de Didier Desor es la clave para entenderlo todo
¿Y si la clave para entender todo este desmadre estuviera en una jaula de ratas? Puede parecer descabellado, pero un experimento científico realizado en 1994 por Didier Desor, investigador en neurociencias del comportamiento en la Universidad de Nancy, en Francia, ilumina nuestra sociedad con una precisión quirúrgica.
El experimento es sencillo: Coges seis ratas. Las metes en una jaula cuya única salida da a un túnel lleno de agua que hay que cruzar en apnea para llegar a la comida. Y observas…
Al cabo de unos días, la misma estructura social aparece sistemáticamente. Dos explotadores que nunca se mojan y que zurran a los demás para robarles la comida. Dos explotados que se sumergen, traen la comida, se la dejan quitar y solo comen una vez que los explotadores están saciados. Un chivo expiatorio que recoge las sobras. Y un autónomo que se sumerge a buscar su propia comida y la defiende a capa y espada. Los explotadores no pueden con él. Intentaron meterlo en vereda pero se llevaron severas palizas en cada intento. Así que lo dejan en paz y se ceban con los explotados que no oponen resistencia.
Lo más fascinante viene después… Desor juntó a seis explotadores. Se pelearon toda la noche. Y por la mañana, había vuelto a formarse la misma estructura. Dos explotadores, dos explotados, un chivo expiatorio y un autónomo. Lo mismo con seis explotados juntos. Lo mismo con seis autónomos. Cada vez se vuelve a formar la misma jerarquía. Como si fuera una ley fundamental de los seres vivos.
Y cuando el experimento se reprodujo con doscientas ratas, ¡la crueldad se disparó! Tres ratas mutiladas con la piel arrancada. Y los explotadores de la cúspide ya ni se ensuciaban las patas. Habían creado lugartenientes para hacer el trabajo sucio en su lugar.
¿No te suena de algo?
¡La conclusión de este experimento es una bofetada monumental! Porque demuestra que la creación de un estrés desemboca sistemáticamente en la instalación de una jerarquía del tipo explotadores, explotados y autónomos. El ser humano solo ha inventado una cosa respecto a las ratas: La persecución de los autónomos.
¡Y es exactamente ahí donde estamos! Los autónomos, los que se niegan a dominar Y a someterse, son los antifascistas. Al principio, los explotadores no conseguían someterlos por la fuerza bruta. Entonces el ser humano encontró lo que las ratas no tenían: Tribunales y propaganda mediática. Si una rata explotadora se llevaba una tunda al intentar mangonear a un autónomo, un Estado puede simplemente declararlo terrorista y encerrarlo. Es astuto, pero sobre todo absolutamente repugnante.
La inversión de los valores: Cuando el fascismo reescribe la realidad
Vivimos una época en la que un multimillonario puede afirmar públicamente que Hitler era comunista y millones de personas asienten con la cabeza. Una época en la que la palabra “activista” se ha convertido en sinónimo de criminal. Donde “resistente” se ha vuelto sinónimo de terrorista. Donde “antifascista” se ha convertido en insulto. Estamos metidos de lleno en la pesadilla de Orwell. La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza.
Esta inversión no cae del cielo. Es una estrategia deliberada, metódica y extremadamente eficaz. Porque la extrema derecha entendió hace mucho que para ganar la batalla política primero había que ganar la batalla del lenguaje. Infiltrar las palabras. Distorsionar los conceptos. Darle la vuelta al sentido de las cosas hasta que nadie sea capaz de distinguir lo verdadero de lo falso. Sin olvidar, por supuesto, la famosa técnica de la ventana de Overton.
Y para vender esa basura necesitan portavoces. Figuras mediáticas. Héroes de cartón piedra como Charlie Kirk en Estados Unidos, supuestamente capaz de ridiculizar a cualquier izquierdista en enfrentamientos dialécticos grabados para las redes sociales. Solo que esos famosos enfrentamientos son puro circo. Preguntas con trampa lanzadas a estudiantes pillados desprevenidos ante una cámara. Montaje calibrado para quedarse solo con los momentos en que el adversario tartamudea. ¡Manipulación pura! Porque la realidad es que con la mierda que tenía en la cabeza, ese tipo no habría aguantado ni dos minutos frente a un intelectual mínimamente preparado.
Pero la verdad no tiene ninguna importancia en este juego. Lo que cuenta es el espectáculo. Lo que cuenta es el clip de treinta segundos que alcanza tres millones de reproducciones. Lo que cuenta es crear la ilusión de que el fascismo tendría argumentos positivos. ¡Cuando jamás los ha tenido! Hasta la fecha el fascismo no ha ganado un solo debate intelectual en toda la historia de la humanidad. ¡Ni uno solo! Solo gana por la fuerza, por el miedo, por la manipulación y por la mentira. Nunca por la razón.
Y es exactamente por eso que necesitan ensuciar el antifascismo. Porque el antifascismo es la razón. Es la memoria. Es la negativa a tragarse gilipolleces envueltas en papel de regalo patriótico o religioso. Y eso, para ellos, es la amenaza definitiva. Por todo esto, nosotros, los antifas de todos los países, tenemos que volver a sacar las garras para al menos recuperar el terreno que se le ha cedido al fascismo.
Conclusión: Ser antifascista es un orgullo, un deber y un verdadero combate
¡Ser antifascista es un orgullo! No hay que avergonzarse de absolutamente nada. Ser antifascista es inscribirse en la estela de millones de mujeres y hombres que libraron las más altas luchas que la humanidad haya conocido. Gente que entregó su libertad, su salud y a menudo su vida para que tú hoy puedas abrir la boca sin acabar en una celda o en una fosa común. Su memoria merece ser honrada cada día. No una vez al año en una ceremonia oficial hipócrita donde unos políticos depositan coronas de flores mientras votan leyes que escupen sobre todo lo que esos héroes defendieron.
Es cierto que no podemos impedir que ciertas personas tengan mierda en la cabeza. Es imposible y siempre lo será. Porque la historia ha demostrado que la estupidez humana es un recurso inagotable. Pero lo que sí podemos impedir es que esa gente dicte las reglas del juego.
Así que hay que conseguir que todos esos fascistas que se pavonean las 24 horas del día en los medios, en la web y en nuestras calles agachen la cabeza. Hablamos de neonazis, extremistas religiosos, multimillonarios megalómanos, masculinistas frustrados, tradwives lobotomizadas, tertulianos de alcantarilla, politicuchos corruptos… ¡Y me dejo los peores en el tintero! Toda esa gentuza tiene que volver a las cloacas de las que nunca debió salir. ¡Porque el antifascismo no está muerto! ¡Porque el antifascismo no morirá jamás! Porque mientras haya un solo capullo intentando aplastar a los demás siempre habrá alguien para levantarse y decirle vuelve a tu perrera. Y ese alguien eres tú. Somos nosotros. ¡Es ahora!
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