​La cooperativa, una utopía anarquista que funciona a las mil maravillas

novaMAG : Economia

¿Y si el modelo económico capaz de librarnos por fin del capitalismo llevara ya casi dos siglos existiendo en todo el mundo? Hablo por supuesto de las cooperativas.

Sin accionistas depredadores, sin jefes inamovibles. Cualquier persona que se une a la estructura se convierte en copropietaria. Cada participante tiene voz y voto. El consejo de administración es elegido, revocable y está sometido a la asamblea general. El dirigente ejecuta una voluntad colectiva, no la dicta.

¡Y este modelo funciona! Con 3 millones de cooperativas en el mundo, mil millones de miembros, presentes en todos los sectores: agricultura, banca, salud, industria, medios de comunicación… Permite crear estructuras que resisten mejor las crisis, que despiden menos y que ofrecen muy buenas condiciones de trabajo.

Historia de las cooperativas: De los orígenes obreros al modelo mundial

La historia de las cooperativas empieza en la miseria. En 1844, en Rochdale, Inglaterra, 28 tejedores al borde de la ruina deciden poner en común sus escasos ahorros para abrir una tienda colectiva. Sin patrón ni accionistas. Cada miembro aporta y cada miembro decide. Sin imaginarse que este modelo se replicaría en todo el mundo, acababan de sentar las bases de las sociedades cooperativas modernas.

Esta iniciativa no quedó aislada porque emergió por todas partes en un contexto efervescente: el del movimiento obrero del siglo XIX. Una época en la que las luchas por la autogestión y el mutualismo teorizado por Proudhon eran muy populares. La cooperativa no es, por tanto, una concesión arrancada al capitalismo con violencia. Es más bien una respuesta construida discretamente desde abajo por gente que no tenía nada que perder y que decidió organizarse de otra manera sin pedirle permiso a nadie.

En el siglo XX, el modelo se exportó y diversificó. En 1956, en el País Vasco español, el sacerdote José María Arizmendiarrieta fundó la primera cooperativa de lo que se convertiría en Mondragón, hoy uno de los mayores grupos cooperativos del mundo con más de 80 000 socios. En Escandinavia, las cooperativas agrícolas y bancarias se convirtieron en pilares de la economía nacional. Mientras tanto, en África, en Asia, en América Latina, millones de campesinos y artesanos adoptaron este modelo para sobrevivir y desarrollarse fuera de las garras de las multinacionales.

Hoy en día, la Alianza Cooperativa Internacional agrupa organizaciones de más de 100 países. La cooperativa no es, por tanto, una curiosidad militante. Es más bien un modelo económico global, probado, que ha atravesado dos siglos de crisis sin renegar de sus principios fundadores.

¿Cómo funciona una cooperativa? Gobernanza, democracia y poder compartido

En una empresa clásica, el poder sigue al dinero. Quien más acciones tiene, decide. En una cooperativa, es exactamente al revés porque el poder sigue a las personas. Un voto por miembro, tanto si has aportado 500 euros como 50 000. Ese es el principio fundador y lo cambia todo.

La estructura de gobernanza es sencilla en su principio: Los socios eligen un consejo de administración de entre ellos. Este consejo define las orientaciones estratégicas y nombra a un director ejecutivo encargado de llevarlas a cabo. Este director es responsable ante el consejo, que a su vez lo es ante la asamblea general de miembros. La cadena de poder apunta siempre hacia el colectivo, nunca hacia un accionista externo.

La asamblea general es el órgano soberano. Es donde se votan las grandes decisiones: la distribución de beneficios, las orientaciones estratégicas y las modificaciones de los estatutos. Cada miembro participa con el mismo peso, independientemente de su antigüedad o de su aportación económica. Los dirigentes rinden cuentas. Incluso pueden ser revocados sin ninguna dificultad.

Este sistema democrático elimina mecánicamente algunas de las graves patologías bien conocidas de la empresa capitalista, como por ejemplo el mánager nombrado por amiguismo, el consejo de administración desconectado de la realidad, el dirigente que se otorga un salario indecente mientras suprime puestos de trabajo… En una cooperativa, estas decisiones tienen que pasar delante de todo el mundo. Claro que este filtro colectivo no garantiza la perfección, pero al menos tiene el mérito de hacer que los abusos sean estructuralmente mucho más difíciles.

¿Qué sectores pueden adoptar el modelo cooperativo?

Es la objeción más habitual: el modelo cooperativo está bien, pero solo para estructuras pequeñas, la artesanía local o la tienda de la esquina. Sin embargo, la realidad es bien distinta porque no existe un solo sector económico en el que la cooperativa no haya demostrado ya su valía, incluso a gran escala.

La agricultura es históricamente el terreno más fértil. Millones de productores en todo el mundo se han agrupado en cooperativas para hacer frente a los grandes distribuidores, compartir equipamiento y negociar colectivamente. En Kenia, en India, en Brasil, estas estructuras han sacado a comunidades enteras de la dependencia de los intermediarios depredadores.

¿Y la industria pesada? Mondragón, en el País Vasco, lleva 70 años respondiendo a quienes afirman que el modelo no aguanta a gran escala. Con más de 80 000 socios y actividades que van desde la fabricación de máquinas-herramienta hasta la gran distribución, pasando por la investigación y la enseñanza superior. Ahí tenemos directamente una multinacional en forma cooperativa.

La banca y las finanzas tampoco son una excepción. Las credit unions, presentes en más de 100 países, gestionan colectivamente el ahorro y el crédito de sus miembros sin buscar maximizar los beneficios para accionistas externos. En Suecia, el banco JAK funciona sin intereses y Triodos financia exclusivamente proyectos con impacto social y medioambiental positivo.

Salud, vivienda, energía, medios de comunicación, tecnología, servicios jurídicos… En todos los ámbitos donde los seres humanos tienen actividad económica, la cooperativa ha demostrado que puede imponerse como alternativa y prosperar. La pregunta no es si el modelo es aplicable. La pregunta es más bien por qué todavía no es la norma.

Cooperativas vs Empresas clásicas: Rendimiento y resiliencia

La cooperativa suele percibirse como un modelo simpático pero frágil, condenado a quedarse en los márgenes frente a los mastodones capitalistas. Pero los números cuentan una historia radicalmente distinta.

Por ejemplo, durante la crisis financiera de 2008, los bancos cooperativos resistieron mucho mejor que sus competidores clásicos. Mientras los grandes bancos privados eran rescatados por los Estados o desaparecían, las credit unions y los bancos cooperativos mantenían su actividad. Eso es lo que les permitió proteger los ahorros de sus miembros y seguir financiando la economía local. No por milagro, sino porque su modelo no los empuja a asumir riesgos financieros desmesurados para maximizar el rendimiento trimestral de accionistas anónimos.

En periodos de recesión, las cooperativas despiden significativamente menos que las empresas clásicas. Esto se debe a que cuando una empresa tradicional recorta plantilla directamente para preservar los márgenes, una cooperativa busca primero otras soluciones. Como por ejemplo la reducción temporal de salarios, el reparto del tiempo de trabajo u otras formas de reorganización interna. El motivo es muy fácil de entender: Los socios no se despiden a sí mismos a la ligera sin tener en cuenta los dramas sociales que eso puede generar.

En cuanto al rendimiento económico, es una realidad. Un estudio de la Universidad de Bolonia sobre las cooperativas italianas muestra una tasa de supervivencia a 5 años netamente superior a la de las empresas clásicas del mismo sector. En Francia, en Quebec, en el Reino Unido, los datos convergen: Las cooperativas duran más, atraviesan mejor las crisis y mantienen niveles de productividad comparables a los de sus competidoras.

La razón es estructural. En una cooperativa, los intereses de los trabajadores y los de la estructura están alineados. Nadie tiene interés en hundir el barco para extraerle el máximo valor antes de marcharse con un paracaídas dorado.

¿Cuál es el modelo social de las cooperativas?

En una cooperativa, la democracia económica no se detiene a las puertas de la asamblea general. Impregna de lleno el día a día del trabajo. Y es en este aspecto donde el modelo cooperativo produce sus efectos más concretos, más visibles y más humanos.

En una cooperativa, el mánager tóxico, el pequeño jefe que prospera a base de humillaciones, el superior jerárquico inamovible porque es amigo del patrón… Todos estos horrores tan familiares de la empresa clásica tienen un problema estructural mayor para ejercer sus daños en silencio: tienen que rendir cuentas a compañeros que tienen exactamente el mismo peso que ellos en la gobernanza. El abuso de poder no es imposible, pero es mucho más difícil de sostener en el tiempo porque el colectivo tiene los medios para corregir los abusos con rapidez.

Las condiciones de trabajo reflejan por lo demás esta realidad. Las cooperativas muestran en promedio niveles de satisfacción laboral superiores a los de las empresas clásicas. Esto se debe en gran medida a medidas de conciliación familiar, a la flexibilidad horaria, a permisos parentales generosos y en general a la adaptación a las circunstancias de cada cual. No es idealismo desconectado ni filantropía que cuesta dinero. Es simplemente porque son los propios socios quienes votan estas disposiciones y tienen todo el interés en que sus condiciones de vida sean dignas para mantener una buena productividad. Al contrario del sistema capitalista, que jamás entenderá que no se puede sacar lo mejor de alguien manteniéndolo permanentemente bajo presión e inseguridad.

La distribución de los salarios también es más equilibrada. Por ejemplo, en Mondragón, la diferencia entre el salario más bajo y el más alto está limitada estatutariamente. Ningún CEO que se otorgue 300 veces el sueldo de un obrero mientras anuncia un ERE. Claro que las desigualdades internas existen, pero están encuadradas, debatidas y votadas.

Trabajar en una cooperativa no es, por tanto, trabajar para alguien que se ha apropiado de la tierra o de los medios de producción. Es al contrario colaborar con personas que han decidido poner en común sus medios para construir una empresa que tenga sentido. Y el primer sentido es estar al servicio del ser humano, tanto del lado de la empresa como del lado de los clientes.

Empresas que se han convertido en cooperativas: Cuando echar al jefe lo cambia todo

Esto no es teoría. En cientos de casos documentados en todo el mundo, empresas clásicas han dado el salto al modelo cooperativo. A veces por convicción, a menudo por necesidad, pero siempre con resultados que merecen que nos detengamos en ellos.

El escenario más habitual es el de una empresa en dificultades, un patrón que se larga como un ladrón o al que empujan hacia la salida, o bien trabajadores que se niegan a dejar morir su herramienta de trabajo y que compran colectivamente la estructura. En Francia, este mecanismo se llama SCOP de transformación. En el Reino Unido, en Estados Unidos, en Argentina, existen dispositivos similares bajo nombres distintos. El principio es en todas partes el mismo: trabajadores que recuperan el control.

Los resultados son contundentes: un estudio realizado sobre las conversiones en cooperativas en el Reino Unido demuestra claramente una vuelta a la rentabilidad en la mayoría de los casos en los tres años siguientes a la conversión. En Estados Unidos, empresas industriales dadas por muertas han sido relanzadas en forma cooperativa con niveles de productividad superiores a los de su etapa anterior.

En Argentina, tras la crisis de 2001, cientos de fábricas abandonadas por sus propietarios fueron retomadas por sus obreros y transformadas en cooperativas. Algunas siguen funcionando hoy, veinte años después, en sectores tan variados como la imprenta, la metalurgia o la salud.

El mensaje es, pues, muy sencillo: El patrón y los accionistas no eran un engranaje indispensable, como el sistema intenta hacernos creer. En realidad eran un obstáculo para la prosperidad y la viabilidad de la empresa. Así que, una vez que se echa a estos parásitos, la empresa vuelve a funcionar en beneficio del conjunto.

Hay que mantenerse vigilantes para no desnaturalizar el modelo cooperativo

Sin vigilancia ante sus posibles derivas, el modelo cooperativo no es una panacea universal. Idealizarlo ciegamente sería, por tanto, tan deshonesto como rechazarlo de plano. Tomemos por ejemplo el caso de Mondragón, que es precisamente el más grande.

Mondragón sigue siendo innegablemente un gran éxito: salarios medios superiores a los de las empresas clásicas, mecanismos de solidaridad entre cooperativas en caso de crisis y una democracia interna real a nivel local. Pero a medida que el grupo fue creciendo e internacionalizándose, aparecieron fracturas. Hoy, solo un tercio de las 74 000 personas que trabajan para el grupo son realmente miembros de la cooperativa. El resto son trabajadores temporales en España o empleados en filiales extranjeras, como en China, México o Turquía. Todos ellos sin derechos ni ventajas equivalentes a las de los socios.

La imagen es, por tanto, menos glamurosa de lo que parece. Recuerda un poco a la democracia ateniense que se idealiza tan alegremente en los libros de texto. Con ciudadanos que tienen todos los derechos, una asamblea soberana y una participación activa en la vida de la ciudad. Pero… a su lado, una mayoría de esclavos que se tiende a olvidar. Lo que ya no queda tan bien en el folleto.

Además, con la internacionalización, las diferencias salariales internas han aumentado considerablemente. Algunos cuadros de las grandes entidades del grupo disfrutan incluso de remuneraciones que no tienen nada que ver con los principios fundadores. Es siempre el viejo veneno capitalista que se infiltra: la famosa teoría del líder providencial, la del cuadro imprescindible que merece el oro y el moro porque tiene carisma y el título adecuado. Así que en algunas de las filiales más grandes, la ratio salarial puede llegar a 9 a 1. Mientras que en la mayoría de las cooperativas del grupo, la ratio entre la remuneración más alta y la más baja se mantiene entre 3 y 6 a 1. Todo esto sigue siendo incomparable con el 300 a 1 tan habitual en las multinacionales clásicas. En eso estamos todos de acuerdo. Pero es sin embargo una deriva real respecto a los principios fundadores que invita a permanecer vigilantes.

Por otra parte, los sindicatos no están permitidos en Mondragón con el argumento de que los cooperativistas son ellos mismos empleadores. Un argumento que tiene sentido, claro, para los miembros, pero que deja sin recursos a los miles de asalariados no socios. Y eso también nos remite a la democracia no compartida de la Grecia antigua.

La lección es, pues, clara: La desmesura es el enemigo natural de la democracia cooperativa. Porque cuanto más crece una estructura, más tiende a erosionarse la participación real de los miembros y más fuerte es la tentación de reproducir los esquemas directivos clásicos. Pero eso no es en absoluto una razón para rechazar el modelo. Es sobre todo una invitación a mantenerse vigilantes y también una oportunidad de oro para recordarnos que la democracia no es un hecho consumado sino una materia viva. Y desde el punto de vista económico, eso significa que hay que acabar de una vez por todas con ese sinsentido del crecimiento por el crecimiento. Porque de una vez por todas: ¡Los árboles no pueden crecer hasta el cielo!

Falsas cooperativas: Cuando las finanzas recuperan la etiqueta

El éxito del modelo cooperativo ha producido un efecto perverso previsible: la recuperación con fines de marketing por parte de estructuras capitalistas clásicas que no retroceden ante ningún cinismo. El resultado es que la palabra “mutua” o “cooperativa” está hoy pegada sobre organizaciones que ya no respetan ni un solo principio fundador.

El sector de los seguros y la banca es el coto de caza preferido de estos impostores. Grupos financieros que mueven decenas de miles de millones de euros se presentan como mutuas al servicio de sus miembros y exhiben valores de solidaridad y proximidad en su publicidad. Pero detrás de esa cortina de humo, gestionan sus asuntos exactamente como cualquier otro tiburón de las finanzas. Consejos de administración desconectados, dirigentes con remuneraciones indecentes, asambleas generales convertidas en eventos sociales donde la tasa de participación de los pequeños miembros roza el cero absoluto y decisiones estratégicas tomadas muy lejos de cualquier democracia real.

El mecanismo de degeneración está bien documentado. Una cooperativa o mutua auténtica crece, profesionaliza su dirección y atrae a mánagers procedentes del sector privado clásico que traen consigo sus inercias y su sistema de valores. Progresivamente, la cultura interna vira… Los miembros ya no son socios soberanos, se convierten en clientes a los que fidelizar. La asamblea general ya no es un espacio de poder, es simplemente un evento de relaciones sociales donde se brindan con champán y canapés mientras se felicitan por los jugosos beneficios del año.

La diferencia con una verdadera cooperativa es sin embargo sencilla de identificar: ¿Quién decide realmente? ¿Quién fija los salarios de los dirigentes? ¿Cuál es la tasa de participación en las asambleas generales? ¿Los beneficios se redistribuyen entre los miembros o se reinvierten en el crecimiento del grupo? Las respuestas a estas cuatro preguntas suelen ser suficientes para que caiga la careta.

La etiqueta cooperativa no es, por tanto, una garantía. Es una promesa que debe ser verificada y defendida permanentemente por quienes se supone que son sus propietarios.

Hacia una economía cooperativa mundial: ¿Utopía o alternativa real?

La pregunta no es si el modelo cooperativo es viable. Ya ha demostrado que lo es. Tres millones de cooperativas, mil millones de miembros presentes en todos los sectores y en todos los continentes desde hace dos siglos. ¡El debate está cerrado en ese punto!

La verdadera pregunta está en otro sitio: ¿Por qué este modelo sigue siendo marginal frente a un capitalismo que produce desigualdades récord, crisis repetidas y una destrucción ecológica que ya no necesita demostración? La respuesta es política y no económica. Porque el capitalismo no domina gracias a su eficiencia. Domina únicamente porque controla los Estados, las legislaciones, el acceso al crédito y los medios dominantes. La cooperativa, en cambio, no se beneficia de ninguno de estos resortes. Por tanto, tiene que pelear en condiciones de desigualdad dentro de un marco jurídico y financiero concebido para y por sus adversarios.

Y sin embargo, las señales positivas se acumulan. Ciudades como Preston, en el Reino Unido, han convertido la economía cooperativa local en un eje central de su política de desarrollo, con resultados medibles en empleo y desigualdades. En Quebec, el movimiento de cooperativas de solidaridad experimenta modelos híbridos que integran a trabajadores, usuarios y comunidad en la misma gobernanza. En el sector tecnológico, plataformas cooperativas emergen como alternativa directa a las GAFAM ofreciendo los mismos servicios sin extracción de valor en beneficio de accionistas invisibles.

Para su supervivencia, el capitalismo necesita convencer de que no hay alternativa posible. Sin embargo, la cooperativa demuestra lo contrario cada día, en panaderías, bancos, fábricas, medios de comunicación y consultorios médicos. No en un futuro hipotético. Sino ahora, en todas partes, con gente corriente que ha decidido no esperar más a que el sistema se reforme solo.

Conclusión: Lo que el anarquismo tiene realmente que decir sobre la economía

¡Ya es hora de poner las cosas en su sitio! La palabra anarquismo ha sido tan ensuciada, caricaturizada e instrumentalizada que mucha gente ya no ve detrás de ella más que vándalos e idealistas un poco colgados. ¡El sistema ha hecho bien su sucio trabajo! Sin embargo, Orwell denunció esta manipulación hace mucho tiempo explicando que quien controla el lenguaje controla el pensamiento.

Así que la verdad es que el verdadero anarquismo, el de los grandes intelectuales que han marcado la historia del pensamiento político y artístico, no es el caos. ¡Es exactamente lo contrario! Porque el anarquismo puesto a prueba en el terreno son alternativas concretas. Alternativas que funcionan, que duran y que ofrecen una vida digna a todo el mundo. Y la prueba es que la colaboración en forma cooperativa es reivindicada por todas y todos los que la practican.

Si alguna vez dudas de esta realidad, infórmate sobre la España de 1936 con la CNT. Cuando los trabajadores tomaron el control de 3000 empresas en todos los sectores para convertirlas en un bien común, su vida cotidiana mejoró enormemente. No es comunismo en el sentido político del término. ¡Para nada! Es simplemente anarquismo aplicado que funcionaba para dar todo su espacio a los ciudadanos echando a todos esos monstruos destructores de las finanzas. Pero es un tema largo de desarrollar que merece que volvamos sobre él en detalle en próximas publicaciones.

Mientras tanto, seguiremos desmontando el capitalismo ladrillo a ladrillo. Y el anarquismo lo haremos avanzar ladrillo a ladrillo. Y en esos primeros ladrillos, las cooperativas ocupan un lugar muy bonito.

Pero no son los medios de comunicación, casi todos vendidos al capitalismo, quienes van a difundir positivamente este tipo de conceptos. En esta historia, solo estamos tú y yo. Ya somos dos 🙂 Y con nosotros, ya es mejor. Es un buen comienzo. ¿No te parece?

Así que gracias por tomarte unos segundos para compartir este artículo. Incluso puedes republicarlo o imprimirlo, es puro copyleft. Porque cuanto más seamos quienes hagamos avanzar estas temáticas, más podrán pesar en el debate público. Lo que nos permitirá salir juntos de esta esclavitud moderna que representa el trabajo asalariado, que nos deja justo lo suficiente para pagar unas facturas que no dejan de crecer. Y encima estamos condenados a ver cómo nuestro planeta se degrada día tras día por falta de una alternativa creíble al capitalismo. Así que, da a conocer NovaFuture a tu alrededor y hasta muy pronto para nuevas aventuras en torno a las alternativas económicas.

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