Hace 500 años, Étienne de La Boétie sentaba las bases del anarquismo y nunca había sido tan actual

En este artículo vas a descubrir por qué un pequeño libro pudo tener una enorme influencia positiva en nuestra época inspirando a miles de intelectuales y activistas humanistas en todo el mundo.
Cuando hablamos de ideólogos anarquistas, enseguida pensamos en autores relativamente cercanos a nosotros como Bakunin o Kropotkin. Pero a pesar de su talento, es olvidar demasiado rápido que la filosofía anarquista nació mucho antes que ellos. Así que para llenar ese enorme vacío, hoy vamos a hablar de Étienne de La Boétie. Un chaval de 18 años que lo había entendido todo sobre la perversidad del poder. Su única obra, Discurso de la servidumbre voluntaria, no ha envejecido ni un solo día desde 1549. Se trata, por tanto, de un autor que hay que descubrir, o redescubrir, con toda urgencia.
Étienne de La Boétie: Un chaval del suroeste de Francia que sacudirá al mundo
Estamos en los años 1540, en pleno Renacimiento. Europa vive una revolución intelectual sin precedentes. La imprenta difunde las ideas a una velocidad nunca vista, los humanistas redescubren los textos griegos y romanos. Y por todas partes, se empieza a cuestionar a las autoridades establecidas. Da igual que se trate de la Iglesia, de los reyes o de otros dogmas.
Es en ese contexto donde Étienne de La Boétie nace en 1530 en Sarlat, en el suroeste de Francia, en el seno de una familia de magistrados cultos. Su padre muere cuando es pequeño y es su tío quien se hace cargo de su educación. Un tío abierto a las nuevas ideas del Renacimiento, lo cual no es un detalle menor.
El joven Étienne es un prodigio. Desde muy pequeño aprende latín y griego para devorar los textos de la antigüedad. Después se va a estudiar derecho a la Universidad de Orleans, que es un verdadero foco del humanismo donde la enseñanza no tiene ya nada que ver con la vieja escolástica medieval. Entre sus profesores se encuentra Anne du Bourg, un protestante que acabará ahorcado en 1559 por haberse atrevido a desafiar al rey. El ambiente, como puedes imaginar, no era exactamente el de una facultad tranquila.
Es en ese hervidero intelectual, hacia 1548-1549, donde La Boétie redactó su célebre Discurso de la servidumbre voluntaria. Tenía apenas entre 16 y 18 años! No se sabe exactamente. Y lo que probablemente sirvió de detonante fue cuando el pueblo se levantó contra un impuesto injusto en el suroeste de Francia en 1548. En respuesta, el poder real aplastó la revuelta en sangre. Podemos deducir, por tanto, que el joven La Boétie quedó marcado para siempre por esa violencia.
Después entró en el Parlamento de Burdeos como consejero con apenas 23 años. Fue precisamente en ese período cuando se cruzó con un tal Michel de Montaigne. Pero eso es otra historia que te contaremos más adelante. Para terminar, murió por desgracia en 1563, con apenas 32 años. Probablemente de disentería y sin haber publicado él mismo nunca su texto explosivo.
El Discurso de la servidumbre voluntaria es un arma poderosa contra la tiranía
El título del libro resume por sí solo toda su potencia. Servidumbre voluntaria. Dos palabras que no tienen nada que hacer juntas y que sin embargo describen una realidad que nadie antes que La Boétie había osado formular con tanta claridad.
Su punto de partida es de una sencillez desarmante: ¿Cómo es posible que millones de personas acepten someterse a un solo hombre? Y sin embargo, el tirano solo tiene dos ojos, dos manos y un único cuerpo. No tiene, por tanto, nada más que el último de los habitantes de la ciudad más pequeña del reino. ¿De dónde viene entonces su poder?
La respuesta de La Boétie tiene el efecto de una verdadera bofetada. El tirano no obtiene su poder de su propia fuerza. Lo obtiene únicamente de nosotros. De nuestro consentimiento. De nuestra obediencia. Son nuestros ojos los que le espían por su cuenta, nuestras manos las que le alimentan y nuestros brazos los que le defienden. Sin nuestra participación activa, el más terrible de los dictadores no es más que un hombre solo y desnudo.
Y es ahí donde La Boétie clava el argumento con una lógica implacable. No se trata siquiera de rebelarse, de tomar las armas ni de derribar nada. Basta simplemente con dejar de consentir. Con dejar de alimentar a la bestia. Con retirar el apoyo. Y punto. Porque el día que un pueblo decide colectivamente dejar de obedecer, el poder del tirano se derrumba como un castillo de naipes. Lo que equivale a decir que ese poder nunca se sostuvo sobre otra cosa que la sumisión de aquellos a quienes pretendía dominar.
Hay que imaginar hasta qué punto esta idea era revolucionaria para la época. Porque en el siglo XVI, el poder de los reyes se consideraba sagrado, supuestamente querido por Dios. Por eso, prácticamente nadie se permitía cuestionar el principio mismo de la autoridad. Y de pronto llega un estudiante de 18 años y dice en esencia: El problema no es el tirano, el problema sois vosotros. Vosotros que sois los arquitectos de vuestra propia prisión.
Los 5 mecanismos de la servidumbre voluntaria según La Boétie
Para esa época, hacer el diagnóstico ya era enormísimo. Pero La Boétie no se queda ahí! Desmonta uno por uno los engranajes de la máquina de someter. Y es precisamente eso lo que hace que su texto siga siendo igual de aterrador en su lucidez cinco siglos después.
La costumbre. Es el primero y el más temible de los mecanismos. Quienes nacen bajo la tiranía no conocen otra cosa. Sirven sin pesar y hacen voluntariamente lo que sus padres solo habrían hecho por obligación. La Boétie lo resume con una fórmula cristalina: Nunca se echa de menos lo que nunca se ha tenido. El hombre que nunca ha probado la libertad ni siquiera sabe lo que le falta. Toma el estado de servidumbre por su estado natural. Exactamente como un caballo domado desde su nacimiento acaba por presentarse él mismo bajo el arnés.
El entretenimiento. El tirano no se conforma con reinar por la fuerza. Adormece al pueblo con placeres. La Boétie habla de “drogas“: los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, las fiestas… En suma, todas las distracciones que ocupan la mente y que desvían la atención de lo esencial. Los romanos ya lo habían entendido con el pan y los juegos del circo. El principio no ha cambiado desde entonces, solo los soportes han evolucionado. Hoy en día, el circo está presente 24 horas al día en todas nuestras pantallas.
La superstición y la puesta en escena del poder. Los faraones egipcios nunca se mostraban sin llevar símbolos misteriosos en la cabeza. El rey Pirro hacía creer que su pulgar tenía poderes milagrosos y el pueblo mismo le inventaba nuevos superpoderes. Documentándose a fondo, La Boétie comprendió perfectamente que el poder descansa en una puesta en escena permanente. El tirano se rodea de lo sagrado, del misterio, de rituales… Y el pueblo acaba creyendo que quien le domina es de una naturaleza superior a la suya.
La cadena piramidal de cómplices. Es el análisis más brillante del Discurso. El tirano nunca reina solo. Se rodea de cinco o seis allegados que tienen bajo su control a quinientas personas, que a su vez controlan a cinco mil. Y así sucesivamente… Cada eslabón de la cadena saca un pequeño beneficio de su posición. Lo que es suficiente para garantizar su lealtad. Es así como el sistema se autoalimenta porque cada uno encuentra su tajada, desde el ministro hasta el funcionario más pequeño. Y al final, todo el mundo acaba siendo a la vez cómplice y víctima.
El Malencontre. Es el concepto más misterioso y más profundo del texto. La Boétie afirma que la servidumbre no siempre ha existido. Que hubo un momento en la historia, un accidente trágico, una mala suerte original que él llama el Malencontre. Un momento en que los hombres habrían caído de la libertad hacia la servidumbre. Y a partir de ese punto de inflexión, la memoria de la libertad se fue borrando progresivamente hasta tal punto que el deseo mismo de ser libre acabó por desaparecer. Los efectos de ese accidente no habrían hecho sino amplificarse de generación en generación, hasta que ya nadie recordase que otro mundo es posible. ¿Cómo interpretar este concepto de otra manera que como la expresión de una utopía anarquista? Cierto, se puede encontrar este punto de vista algo anacrónico. Pero la pregunta merece plantearse porque invita al debate constructivo.
¿Por qué consideramos a Étienne de La Boétie un anarquista avant la lettre?
Atención, seamos claros de entrada. La Boétie nunca se reivindicó como anarquista. Nunca militó en ningún movimiento político y pasó su corta vida ejerciendo la función muy oficial de consejero en el Parlamento de Burdeos. Sobre el papel, no tenía nada de revolucionario.
Pero es precisamente eso lo que hace su texto todavía más radical. Porque La Boétie no ataca a un tirano en concreto, ni siquiera a un régimen político determinado. Ataca el principio mismo del poder de un hombre sobre otro. Es, por tanto, probablemente el primer pensador de la historia en dejar por escrito que las relaciones sociales no deben en ningún caso obstaculizar la independencia de los individuos. Y eso, sí es el núcleo mismo del pensamiento anarquista.
Lo que le distingue de todos los pensadores políticos que le precedieron es que no propone ningún sistema de reemplazo. No dice “sustituyamos al mal rey por un buen rey“. No dice que la democracia es mejor que la monarquía. Mucho antes que Louise Michel, dice simplemente algo mucho más fundamental: todo poder es tóxico por naturaleza porque se basa en la desposesión de la libertad individual. La solución no pasa, por tanto, por un cambio de régimen sino por un cambio de conciencia. El día que los individuos comprendan por fin que ellos mismos son la fuente del poder que se ejerce sobre ellos, la dominación se derrumbará por sí sola.
Estamos ahí en el fundamento exacto de lo que algunos anarquistas llamarán más tarde la desobediencia civil no violenta. Ni toma de armas, ni golpe de estado, ni guerra civil. Solo la retirada del consentimiento. Es de una sencillez casi ingenua. Y sin embargo, es el arma más poderosa que jamás se haya teorizado contra la opresión.
Dos siglos después de La Boétie, Jean-Jacques Rousseau escribiría su célebre fórmula: “el hombre nace libre y en todas partes está encadenado“. Pero La Boétie va en realidad mucho más lejos que Rousseau. Donde el filósofo de las Luces se limita a constatar la contradicción, el chaval del suroeste de Francia identifica sus causas profundas y propone una vía de salida. No es casualidad que los historiadores del pensamiento político le consideren hoy el padre de la desobediencia no violenta, mucho antes que Thoreau, mucho antes que Tolstói y mucho antes que Gandhi.
De La Boétie a Gandhi: La cadena de transmisión de la desobediencia civil
El Discurso de la servidumbre voluntaria tuvo un destino completamente alucinante. Porque es un texto escrito por un adolescente en los años 1540, que nunca fue publicado en vida de su autor, y que va a atravesar cinco siglos e influir en los mayores movimientos de liberación de la historia. Repasemos ese recorrido rocambolesco:
Todo empieza tras la muerte de La Boétie en 1563. Su mejor amigo, Michel de Montaigne, hereda el manuscrito y se plantea colocarlo en el centro de sus propios Ensayos como pieza maestra. Pero los tiempos cambian. En 1572, la masacre de la Noche de San Bartolomé sume a Francia en el horror y los protestantes se apoderan del texto para justificar la resistencia armada contra el rey. Lo rebautizan el Contr’un y lo publican de forma anónima en 1574 en un panfleto colectivo. Montaigne se asusta. Retira el Discurso de sus Ensayos para no ser asociado con los calvinistas y reemplaza el texto por unos sonetos de su amigo. En 1579, el Parlamento de Burdeos condena la obra a ser quemada en la plaza pública. La Boétie llevaba dieciséis años muerto, pero su pequeño libro ya empieza a hacer temblar al poder.
El texto atraviesa después los siglos en modo subterráneo, resurgiendo en cada período de lucha contra la opresión. Durante la Revolución Francesa, Marat se inspira ampliamente en él para redactar sus Cadenas de la esclavitud, llegando a plagiar pasajes enteros sin citar jamás a La Boétie. En 1835, es el antiguo sacerdote convertido en diputado socialista Lamennais quien vuelve a poner la obra en circulación. A partir de ahí, el Discurso no abandonará jamás las bibliotecas de los resistentes.
Pero es en el siglo XIX cuando la cadena de transmisión adquiere una dimensión mundial. Porque en 1849, el americano Henry David Thoreau publica La Desobediencia civil después de pasar una noche en prisión por negarse a pagar un impuesto destinado a financiar la esclavitud y la guerra contra México. Su pensamiento se inscribe directamente en la continuidad de La Boétie: el ciudadano tiene el deber de retirar su consentimiento cuando el Estado institucionaliza la injusticia. Desgraciadamente, el texto de Thoreau pasa completamente desapercibido al salir. Habrá que esperar varias décadas para que salga de la sombra gracias a un tal León Tolstói, el inmenso escritor ruso que era también un pacifista radical. Fue él mismo quien tradujo el Discurso de la servidumbre voluntaria al ruso.
Es después a través de Thoreau y Tolstói como estas ideas llegaron a Gandhi. En 1906, cuando fue encarcelado en Sudáfrica, el joven abogado indio descubrió La Desobediencia civil de Thoreau y los escritos pacifistas de Tolstói. Esas lecturas le marcaron profundamente y a partir de ahí desarrolló su concepto de Satyagraha, que significa la resistencia por la no violencia. Durante las décadas siguientes, Gandhi condujo la lucha por la independencia de la India con una sola arma: el retiro masivo del consentimiento popular. Exactamente lo que La Boétie había teorizado cuatro siglos antes. En los años 1950-1960, Martin Luther King recogió el testigo en Estados Unidos apoyándose explícitamente en el legado de Gandhi para liderar el movimiento de los derechos civiles.
La Boétie, Thoreau, Tolstói, Gandhi, Martin Luther King. Cinco nombres, cinco siglos y un solo hilo conductor: el poder solo se sostiene por el consentimiento de quienes domina, y la desobediencia no violenta es el arma más poderosa para hacerlo caer. El chaval del suroeste de Francia evidentemente no podía imaginar que su pequeña disertación de estudiante iba a contribuir un día a liberar a la India del colonialismo británico y a acabar con la ignominiosa segregación racial en América.
La servidumbre voluntaria en el siglo XXI: ¿Por qué La Boétie es más actual que nunca?
Cinco siglos nos separan del Discurso de la servidumbre voluntaria y sin embargo basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que La Boétie podría haberlo escrito ayer por la mañana. Porque los mecanismos que describió no solo han sobrevivido, sino que se han perfeccionado hasta un punto que él probablemente nunca se habría atrevido a imaginar.
Tomemos sus famosas “drogas”, esas distracciones que el tirano ofrecía al pueblo para adormecerlo. Los teatros y los juegos del circo romano parecen poca cosa al lado de lo que tenemos hoy. El scroll infinito de las redes sociales, el binge-watching en las plataformas de streaming, las notificaciones permanentes en nuestros smartphones, los videojuegos diseñados para generar adicción… Todo eso ha sido pensado, diseñado, optimizado por ejércitos de ingenieros cuyo único objetivo es captar nuestra atención el mayor tiempo posible. La Boétie hablaba de drogas. La palabra nunca había sido tan literalmente acertada. La dopamina digital es la droga más masivamente distribuida en la historia de la humanidad y nosotros pedimos más.
La costumbre, ese primer pilar de la servidumbre que La Boétie había identificado, funciona exactamente igual hoy. Nunca se echa de menos lo que nunca se ha tenido. Generaciones enteras crecen en un mundo donde la vigilancia digital permanente es la norma, donde confiar la totalidad de la vida privada a un puñado de multinacionales californianas parece tan natural como respirar. Quienes nunca han conocido un mundo sin rastreo publicitario, sin reconocimiento facial, sin geolocalización constante, no sienten ninguna carencia. Toman por su estado natural lo que en realidad no es más que un estado de servidumbre.
La pirámide de cómplices descrita por La Boétie también ha encontrado su equivalente moderno. Las GAFAM no reinan solas. Se apoyan en millones de desarrolladores, creadores de contenido, influencers, publicitarios, startups, periodistas tecnológicos que todos sacan un beneficio de su posición en el ecosistema. Cada eslabón de la cadena tiene interés en que el sistema perdure. El pequeño influencer de Instagram que monetiza su audiencia es el perfecto equivalente contemporáneo del pequeño funcionario al servicio del tirano que cerraba los ojos ante sus abusos a cambio de algunos privilegios.
¿Y la puesta en escena del poder que La Boétie había detectado en los faraones y los reyes? No ha desaparecido, solo ha cambiado de disfraz. Las keynotes de Apple, las conferencias TED, el culto mesiánico a la figura del CEO visionario, la mitología del garaje californiano donde nacen los imperios tecnológicos. Todo eso cumple exactamente la misma función que el pulgar milagroso del rey Pirro. Es decir, rodear al poder de un aura casi mística para que a nadie se le ocurra cuestionarlo.
Pero lo más escalofriante sigue siendo el Malencontre. Esa pérdida de memoria colectiva que La Boétie describió hace cinco siglos se está amplificando ante nuestros ojos. ¿Quién recuerda todavía que Internet fue concebido como un espacio libre y descentralizado? ¿Quién recuerda que se podía vivir, trabajar, comunicarse, informarse sin depender de ninguna plataforma privada? Esa memoria se borra un poco más cada año y con ella desaparece el deseo mismo de que otro mundo sea posible. Exactamente el proceso que La Boétie había descrito: los efectos del Malencontre se amplifican de generación en generación hasta que ya nadie recuerda que éramos libres.
La ilusión democrática y el poder de los millonarios: ¡La Boétie lo había previsto todo!
Hay un aspecto de la servidumbre voluntaria que La Boétie no tuvo tiempo de ver desplegarse pero que su análisis permite comprender con una precisión quirúrgica. Se trata de la ilusión democrática.
El principio es de una eficacia formidable. Se le da al pueblo el derecho de votar una vez cada cuatro o cinco años y se le hace creer que ese gesto es suficiente para hacerle dueño de su destino. En realidad, lo que el ciudadano hace en el interior de la cabina electoral es exactamente lo que La Boétie describió hace cinco siglos: delega voluntariamente su poder a otro. Consiente en su propia desposesión y encima está orgulloso de ello porque le han condicionado para asimilar que eso era la verdadera libertad. Por eso, La Boétie había identificado el mecanismo con una lucidez aterradora al formular que el pueblo acaba confundiendo el acto de sumisión con un acto de soberanía. Y si encima mezclas todo eso con el 1984 de George Orwell… ¡Bienvenido a nuestra triste época!
Pero el verdadero poder ya ni siquiera es político. Porque detrás de la fachada democrática, son las potencias económicas las que realmente llevan las riendas. Porque al final, los multimillonarios de la tecnología, las finanzas, la agroindustria y la energía fósil ejercen sobre nuestras vidas una influencia infinitamente mayor que la de cualquier cargo electo. Y no hace falta ser un gran analista para darse cuenta de quiénes deciden realmente qué comemos, qué vemos, cómo nos comunicamos, qué informaciones nos llegan y cuáles se quedan en la sombra. Todo está hecho para moldear nuestros deseos, nuestros hábitos y nuestras formas de pensar. Y todo eso sin que esas entidades maléficas hayan sido elegidas por nadie.
Ahora bien, esa gente solo es multimillonaria porque nosotros la hemos hecho multimillonaria. Cada compra en Amazon, cada hora pasada en Instagram, cada suscripción a una plataforma de streaming, cada vez que llenas el depósito en una petrolera, cada comida en McDonald’s es un acto de consentimiento. Alimentamos por tanto voluntariamente la máquina que nos domina. Es lo que La Boétie formuló muy bien en términos de una sencillez aplastante: El tirano no tiene más poder que el que nosotros le damos. Así que dejemos simplemente de darle crédito y casi de inmediato se convierte en nada. Solo un simple humano entre los humanos.
Es ahí donde el pensamiento de La Boétie conecta directamente con el poder del boicot. Si el poder del tirano moderno descansa en nuestro consumo, entonces el rechazo a consumir es el equivalente exacto de la retirada del consentimiento que La Boétie reclamaba. Gandhi lo había entendido perfectamente cuando lanzó el boicot de los productos británicos en la India. Martin Luther King lo había entendido cuando organizó el boicot a los autobuses de Montgomery. En ambos casos, fue la retirada económica del consentimiento lo que doblegó al poder.
Hoy esa arma está en nuestras manos y es más poderosa que nunca. Negarse a comprar los productos de una multinacional que destruye el medioambiente, abandonar una red social que monetiza nuestros datos personales, elegir un software libre en lugar de uno propietario, preferir los circuitos cortos a las plataformas de la gran distribución: cada uno de esos gestos es un acto de desobediencia en el sentido en que La Boétie lo entendía. No una revuelta espectacular, no una revolución armada, sino una retirada silenciosa y metódica del consentimiento que, si se vuelve colectivo, puede hacer caer los imperios más poderosos.
Pero a pesar de la eficacia probada y formidable de este método, La Boétie también había identificado por qué casi nunca funciona. La causa principal es que la pirámide de cómplices hace que cada uno saque un pequeño beneficio del sistema y la mayoría de los ciudadanos tiene miedo de perder la ilusión de su pequeño confort. Por ejemplo, el empleado de Amazon sabe perfectamente que esa estructura funciona de manera inhumana, pero necesita absolutamente su mísero salario. El influencer sabe perfectamente que alimenta un sistema tóxico, pero vive de él y saca una gloria muy efímera. El consumidor sabe perfectamente que su smartphone fue fabricado en condiciones inaceptables, pero no está dispuesto a pagar el precio real para eliminar el impacto negativo ecológico y social. Y al final, todo el mundo acaba siendo a la vez víctima y cómplice, exactamente igual que los súbditos del tirano descritos por La Boétie hace cinco siglos. ¿No te parece un tremendo impacto tomar realmente conciencia de ello?
Como bonus: Montaigne y La Boétie, la amistad más célebre de la literatura francesa
Como apunté al principio de este artículo, no se puede hablar de La Boétie sin hablar de Montaigne. Porque su relación se ha convertido a lo largo de los siglos en el arquetipo absoluto de la amistad, hasta el punto de eclipsar a veces la propia obra.
Todo comenzó por un libro. En los años 1550, Michel de Montaigne era un joven magistrado en el Parlamento de Burdeos cuando el manuscrito del Discurso de la servidumbre voluntaria cayó en sus manos. El texto ni siquiera estaba publicado todavía, circulaba solo de manera clandestina. Pero Montaigne quedó tan impactado por su lectura que buscó por todos los medios conocer al autor. Y cuando los dos hombres se cruzaron finalmente por casualidad en 1558 en una fiesta en Burdeos, fue una especie de flechazo intelectual. Un reconocimiento mutuo inmediato entre dos mentes brillantes que se buscaban sin saberlo.
Su amistad duró seis años. Seis pequeños años antes de que la muerte lo rompiera todo. Fue en 1563 cuando La Boétie cayó gravemente enfermo durante un viaje por el suroeste. Montaigne acudió a su cabecera sin importarle el riesgo de contagio y no le abandonó durante sus tres días de agonía. En su lecho de muerte, La Boétie le legó toda su biblioteca y todos sus manuscritos. Tenía apenas 32 años.
Ese duelo transformó a Montaigne. Antes de la muerte de La Boétie, nunca había escrito nada. Fue la desaparición de su amigo lo que le empujó a tomar la pluma. Como por ejemplo con Los Ensayos, esa obra monumental que revolucionó la literatura mundial y que nació directamente del dolor de Montaigne. En resumen, es una obra literaria ineludible construida para llenar el vacío dejado por el amigo perdido. En el capítulo De la amistad, Montaigne intentó explicar lo que les unía con una fórmula que ha pasado a la posteridad: “Si me apremian a decir por qué le quería, siento que solo puedo responder: porque era él, porque era yo.”
Lo que es fascinante en esta historia es el papel que Montaigne jugó en el destino del Discurso de la servidumbre voluntaria. Sin él, el texto habría desaparecido probablemente. Porque fue él quien conservó el manuscrito, quien habló de él y quien mantuvo viva la memoria de su amigo y de su obra. Pero también fue Montaigne quien impidió su difusión retirándolo de sus Ensayos cuando los protestantes se apoderaron del texto con fines políticos. Protector y censor a la vez, por amistad y por prudencia. Una dualidad que muchos comparten. ¿Acaso no se dice que todos y todas tenemos nuestras contradicciones? Máxime cuando vivimos en una época que desgraciadamente nos empuja permanentemente a elegir entre lo que es moralmente aceptable y lo que no lo es. Hasta tal punto que a menudo acabamos perdiendo el norte.
Al final, hay algo profundamente coherente entre esa gran amistad y el pensamiento de La Boétie. Porque el Discurso de la servidumbre voluntaria es en el fondo un texto sobre los vínculos entre los seres humanos. Sobre lo que les une libremente y sobre lo que les encadena. La Boétie describió la servidumbre como una relación pervertida entre los hombres. Y vivió con Montaigne exactamente lo contrario. Una relación basada en la igualdad, fundamentada en el respeto mutuo y la libertad recíproca. Lo que nos ofrece la prueba viviente de que las relaciones humanas auténticas son posibles fuera de toda lógica de dominación.
Conclusión: La potencia de la escritura frente a la apisonadora de la subcultura
Me convertí en escritor muy joven porque entendí muy pronto la potencia de la escritura leyendo a grandes autores. No necesariamente grandes por su fama, sino grandes por sus ideas. Gente como La Boétie precisamente, capaz de sacudir al mundo con unas pocas decenas de páginas.
Desgraciadamente para mí, atravesamos una época muy triste. Porque hoy ya no se censuran los libros. Tampoco se queman. Es mucho más maquiavélico que eso: el mundo mercantil mata la literatura a fuego lento haciendo desaparecer a los pequeños editores comprometidos y precarizando al extremo a los pequeños libreros. A la vez, inunda los estantes con porquerías infames que solo tienen de libro el nombre. Sin hablar de Amazon y su montaña de inmundicias llamadas ebooks, de los que cada vez más están escritos íntegramente por IA.
Así que no voy a andarme con rodeos: ¡La literatura se está muriendo! Está casi totalmente asfixiada por las GAFAM y otras entidades a las que la cultura molesta profundamente. Con lo que los lectores son cada vez menos numerosos. Esto viene del hecho de que el cerebro del homo modernus está siendo condicionado a fuego lento para no soportar ya más que contenidos cortos. Como las stories en vídeo o los posts de microblogging. Y a la par de eso, todo lo que exige un pequeño esfuerzo de concentración está siendo ahora resumido cada vez más por la IA. Lo que le arranca evidentemente toda el alma.
En esas condiciones, después de todos estos años en que he disfrutado enormemente escribiendo libros y yendo al encuentro de mis lectores, ¿por qué iba a invertir mi tiempo en escribir una obra que no encontrará ningún circuito de distribución digno de ese nombre? Me ha costado admitirlo, pero mi actividad como escritor pertenece a partir de ahora a otra época. No me queda, por tanto, más que NovaFuture y su NovaMag como soporte de mi libertad de expresión.
Y aun así, veo que se va volviendo cada vez más complicado. Sencillamente porque ya no es solo el libro lo que se muere, sino también el formato escrito en general.
¿Entonces qué hacer para recuperar la atención? ¿Para seguir existiendo frente a la apisonadora de la subcultura? Con toda honestidad, hoy no tengo todavía la respuesta. Lo único que sé es que no tengo ninguna intención de dejarme borrar por las fuerzas oscuras de la tecnología. Encontrar un nuevo soporte de expresión ya fue una primera respuesta. Para el resto, es decir poder volver a pesar en el debate público, me parece evidente que solo nuestros lectores pueden ayudarnos a desarrollar una audiencia lo suficientemente importante para dar la vuelta a la situación. Y esa acción puede empezar ahora mismo. Gracias a ti 🙂
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